La efectividad de la propaganda nos demuestra una de las características de las masas modernas. No creen en nada visible, no en la realidad de sus propias experiencias. No confían en su vista y oído, solo en su  imaginación. Lo que les convence no son los hechos, ni siquiera los hechos inventados, solo la consistencia de la ilusión. Hannah Arendt.

Días atrás, el viejo quiso combatir la calorina reinante zambulléndose en un documental de época: una semblanza de Leni Riefenstahl, la aventajada cineasta que inmortalizó en imágenes la ideología nazi y elevó al estrellato internacional a su führer. Cuando todo se vino abajo, Riefenstahl pasó el resto de su vida negando que fuera nazi sin renegar de su obra. Lo que la sostenía en los debates y controversias a los que fue sometida era la consistencia de la ilusión, para decirlo con las palabras de Arendt. Y no estaba sola, frecuentaba los platós de televisión porque pagaban muy bien su presencia y después de ser entrevistada con la característica objetividad trucada que impera en la tele recibía cientos de cartas de simpatía y apoyo. Alemanes que habían atravesado el periodo más horroroso de su historia conservaban intacta la consistencia de la ilusión.

El hado que gobierna nuestros destinos ha querido que volvamos a ese periodo en que la ilusión es más importante que los hechos. El tipo que ha ganado las elecciones a la presidencia de Colombia, Abelardo de la Espriellac,  gasta mocasines louisvuitton, se perfuma con aromas distintos según la hora del día y de la noche y bebe espirituosos que cuestan diez mil euros la botella. Puede decirse, pues, que es representativo de la media social del país. En los mítines se presenta bajo una danza de drones y baila entre tigres creados por IA. Le gusta que le llamen El Tigre. En el ejercicio de la abogacía, su profesión, es la estrella del juicio y practica una estrategia disruptiva para confundir al jurado y al tribunal sin que importe la sentencia ni el destino del reo. Desde luego, él no pierde nada, y menos que nada los honorarios. El realismo deviene realismo mágico –perdón por el tópico fácil- pero no solo en Colombia, también en Perú, Chile, Argentina y casi toda Latinoamérica se sitúa al borde de un precipicio a la espera de que la ilusión se haga realidad y aparezca la nube de mariposas amarillas que anuncia la pasión y la libertad sobre las constricciones el estado caduco.

Lo que distingue la situación actual de lo acaecido hace un siglo es que entonces, la ilusión aún guardaba cierta relación con la realidad. Los correajes y las botas fascistas eran pertinentes en países de recluta obligatoria y guerra reciente. El mensaje inmediatamente militar era comprensible y aceptado. La bomba atómica acabó con esa percepción. La guerra se apartó de la experiencia cotidiana y se desarrolló en espacios abstractos donde operaban ingenieros,  diplomáticos y soldados profesionales, y el buen pueblo terminó por olvidarse de los correajes y la cantimplora. Sin embargo, el fascismo conservó dos rasgos sin los cuales es inimaginable: un malestar social generalizado y multicausal y un líder extravagante, histriónico y brutal, que destaque sobre la anomia de la sociedad. Ambos rasgos, que son complementarios, están de nuevo en el escenario. La anomia se deriva de la revolución tecnológica, el desenfreno de los mercados financieros y la imprevisible fragilidad de los gobiernos; el fascismo siempre brota de una democracia cuya quiebra es negada por los que viven en ella.

El líder representa todo lo que no deseamos en nuestra casa pero, por alguna razón, nos parece bueno para el país. ¿Quién querría tomar un café en el saloncito con un tipo que blande una motosierra sobre tu cabeza? Y al mismo tiempo, ¿quién puede no tomarlo en serio? El tipo de la motosierra va a entregar la Patagonia a los oligarcas tecnológicos para el desarrollo de la IA, sin más ley ni compromiso que el que ellos mismos necesiten para garantizar sus intereses. No hay fascismo sin experimentos del doctor Mabuse y el espacio y el agua sustituyen al petróleo en las apetencias de los riquísimos.

En España, como en el resto de Europa, estamos en un tris de volcar hacia el lado oscuro de la fuerza, si bien parece que el malestar social aún no está lo bastante agitado en las redes sociales y, aunque vamos sobrados de candidatos al cargo de líder que galvanice al buen pueblo, todavía no se avista a uno que sea lo bastante excéntrico como para llamar la atención sobre las miserias cotidianas. En este país de toreros, el candidato principal es un tipo tristón, resentido y rastrero, y el segundo en la lista es una especie de heredero de pocas palabras, amenazador y sombrío, que está esperando su momento. Pero la inanidad de los candidatos no impide que la consistencia de la ilusión se mantenga tan terne.