Un ministro, dizque el intelectual del gobierno, ya lo ha anunciado: habrá elecciones el próximo tres de mayo si el pesoe no apoya los presupuestos. Esta cuestión es en realidad el mar de fondo de la decisión que este domingo deberá adoptar la cúpula socialista. La abstención en la investidura para que continúe el gobierno de Rajoy está descontada; lo que se debate es con qué postre tendrán los socialistas que tragarse este sapo en cuya digestión les va la supervivencia. Aceptarán la capitulación pero no el impuesto de gobernabilidad que conlleva. De modo que estamos ante un nuevo tiempo de espera, hasta mayo, que los dos partidos de la casta aprovecharán para reagrupar fuerzas y reanudar la batalla. Este es un escenario que, probablemente, los emergentes no habían previsto. El pepé, desde el gobierno, seguirá acumulando estrategias y argumentos para acrecentar su espacio toda vez que ha descubierto que ha salido indemne de la crisis y está en racha de crecimiento. A su turno, los socialistas esperan cohesionar el partido durante el tiempo muerto y encontrar un o una líder ilusionante, como se dice en la neolengua  al uso, para empezar otra vez, y van ¿cuántas, desde Zapatero? Entretanto, la economía, que ya ha demostrado estos meses que es indiferente a la situación política, seguirá a su bola y los votantes seguiremos con las manos en los bolsillos a la espera de que abran las urnas otra vez porque nos hemos convertido en yonquis de la democracia. Lo que ha ocurrido este año se puede resumir con sencillez: la izquierda, o si se quiere, los partidarios del cambio y de las reformas, que representan de largo a la mayoría de la sociedad, no han sido capaces de desalojar al gobierno más hosco, corrupto y punitivo que ha tenido el país en cuatro décadas. Unos por exceso de entusiasmo y autoconfianza, otros por falta real de ganas a pesar de lo que proclamaban, y todos por nula capacidad para articular una alternativa. La situación, léase la crisis social  y política que ha venido derivada de la gran crisis económica, no se arreglará en estos siete meses, pero quizás sea una buena idea establecer un régimen de prórrogas sucesivas y sin término, con unas elecciones tras otras cada pocos meses, para mantener en tensión a la clase política y alienada a la población en expectativas que nunca se cumplen, hasta que cambie el sentido del ciclo económico o nos hayamos extinguido como país.