Llegados a cierta edad, lo que buscamos en las lecturas es a nosotros mismos. La atención bracea en el piélago textual que tenemos ante las narices en busca de un asidero que nos recuerde quienes somos. Lo demás no nos interesa y desaparece de inmediato en el olvido. El extremo de este deseo es leer nuestro propio obituario; un sueño imposible de inmortalidad que nos permitiera saber quiénes hemos sido; sencillamente, sin ambiciones pero también sin vergüenza ni miedo. Claro está que este anhelo, en el que se fundamentan las religiones, no se cumple nunca, lo que no obsta para que las lecturas nos proporcionen destellos de lo que fuimos, que la memoria hilvana en un relato que quiere ser coherente. Uno de esos destellos me asaltó hace un par de días con la noticia de la muerte del cineasta polaco Andrzej Wajda. Una visión en blanco y negro, de claroscuros fuertemente contrastados, habitada por personajes armados e inermes a la vez, que intentan salir del agujero físico y moral en el que la historia les ha confinado. Una extraña corriente de ansiedad y empatía vincula los avatares de los habitantes de Kanal y Cenizas y diamantes con el joven espectador que asiste a su peripecia en un cine club español de provincias en los sesenta, y el impacto es tan fuerte que, ahora, cincuenta años después, vuelven urgentes a la memoria del viejo que fue aquel joven cinéfilo. Creo que nuestra generación tuvo la suerte de crecer teniendo de compañero al mejor cine de la historia, a la vez fuente de inspiración, magisterio moral y vía de escape, y que las huellas que dejaron fragmentos de aquellas películas en nuestra conciencia están más vivas y son más imperecederas que casi cualquier otra experiencia personal hasta el punto de que se puede fantasear con la idea de que sobrevivirán en nosotros más allá de nuestras cenizas. Wajda fue uno de aquellos grandes. Su cine de guiones bien armados y factura clásica siguió paso a paso los tortuosos meandros de la historia de su país durante la segunda mitad del siglo veinte y, al recordarlo, recordamos también la historia que nos ha tocado vivir: mezcla de libertad y sometimiento, de decencia y corrupción, de deseo y necesidad, encarnada en una circunstancia histórica que, de alguna manera, fue también la nuestra. El misterio reside en la extraña familiaridad que creaba una obra de cuyo autor no sabíamos ni pronunciar el nombre, para no hablar del de su principal actor de aquella primera época, el magnético Zbigniew Cybulski, del que tuve que esperar al advenimiento de internet para saber que había muerto de manera apropiadamente romántica en 1967 en un absurdo accidente al caer a la vía del tren cuando despedía a su amante Marlene Dietrich, que viajaba en el convoy que habría de arrollarle.
P.S. Inesperado premio nóbel de literatura a Bob Dylan, tanto como lo fue en 1997 el galardón de Darío Fo, que murió ayer. Bien por los suecos, que han optado por divertirse y burlar los pronósticos mientras la rueda no cesa de dar vueltas.