Uno de los especímenes más conspicuos del ecosistema político es el de portavoz. Es un tipo que no inspira ningún carisma, ni organiza, ni produce, ni impulsa, ni toma decisiones, solo parlotea. Se ubica en el exterior de esos hormigueros opacos que son los partidos y emite mensajes breves, crípticos, a menudo falsos y un punto broncos, con una clara intención de despiste. Es un portero de discoteca que parece estar ahí para brindarte la entrada pero cuya función en realidad es impedir el acceso al público no invitado. A pesar de su función instrumental, el de portavoz es un oficio que imprime carácter porque a su través pasa un torrente de mensajes contradictorios cuando no tóxicos que debe filtrar, y podemos imaginar la erosión que causa en sus sistemas cognitivo y moral aunque tenga la constitución de un gorila. Esta disquisición viene a cuento de la sorprendente, digamos, confirmación del tal Rafael Hernando como portavoz socialista en el congreso. El tipo que defendió el berroqueño no es no a la investidura de Rajoy junto a Sánchez tendrá que inventarse ahora una expresión tan rotunda o más pero de sentido contrario junto a Díaz y Fernández: una nueva pieza de bisutería argumental con apariencia diamantífera. En resumen, tendrá que defender lo contrario de lo que defendió hasta ayer. Cierto que Hernando, como Díaz, Sánchez, Fernández y los demás que han protagonizado la pelotera socialista son apparatchiki,  ese delicioso término ruso que define al político profesional que hace su carrera en la estructura de un partido cerrado y endogámico, donde la supervivencia y el medro radican en la capacidad para navegar con vientos contradictorios sin perder la propia brújula. Una carrera que no termina hasta que les llega la muerte o una citación del juzgado. Algunos analistas sostienen que estamos en la era de la política post verdad, una etapa del desarrollo humano en la que la mentira a plena luz, sin disimulo alguno, no tiene coste. Es como si la transparencia del sistema, debido a la proliferación e instanteneidad de los canales de comunicación, hiciera innecesario cualquier revestimiento retórico. No hace falta argumentar ni justificar las acciones, solo ejecutarlas. De este modo, el ejercicio de la política queda reducido al ejercicio de la fuerza. El ejemplo, para estos analistas, es Donald Trump y su brutalismo que le ha llevado a las puertas de la presidencia del país más poderoso del mundo. Claro que Trump es un depredador, un tiranosaurio de este parque jurásico, y  Hernando es solo una termita tras la jeta de Groucho Marx: Estas son mis convicciones, pero si no le gustan tengo otras. Ni siquiera podrá argüir que, mientras los suyos negaban a machamartillo que fueran a permitir la presidencia de Rajoy, él estaba en cou, como a propósito de otro negocio igual de turbio ha argumentado salerosamente un tal Casado, otro apparatchik de la trinchera de enfrente.