La bandera de la unión europea está ausente de la fachada del parlamento de esta remota provincia subpirenaica desde hace medio año. El popurrí de izquierdas que gobierna la institución decidió arriarla en protesta por la política de las autoridades comunitarias en relación con los refugiados. Desde esa fecha, la opinión pública, tanto europea como de la provincia, ha seguido a sus asuntos, indiferente al cambio de drapeado, y no se tiene noticia tampoco del efecto que este enfurruñamiento institucional haya tenido a favor del bienestar de los refugiados. Al contrario, el gesto ha coincidido perversamente con un crecimiento de la desafección europea protagonizado por la derecha nacionalista y xenófoba, desde el Brexit hasta la rebelión del gobierno húngaro y el ascenso de los movimientos xenófobos en Francia, Alemania y otros países. ¿Quiere decirse que nuestra novedosa izquierda provincial comparte objetivos con la vetusta derecha europea? No, sin duda, pero interpretar correctamente el arriado de la bandera, un gesto antieuropeísta en todo caso, obliga a un complicado ejercicio de desciframiento que nadie hace. En esta provincia exigimos a las banderas que sean algo más que un indicador administrativo, tienen que emocionarnos, revolvernos las tripas. Es una herencia del integrismo carlista que todos, ay, portamos en el adn, como el bocio en las comunidades endogámicas. Durante las últimas tres o cuatro décadas, las fiestas patronales de por aquí estuvieron precedidas de una guerra de banderas, nada amistosa, por cierto, pero tan esperada como los encierros de vacas o los fuegos artificiales. Ahora, que, al parecer, ha decaído este entretenimiento doméstico, emprendemos la guerra con Europa, a lo grande. Pronto se sumará a los consabidos sondeos provinciales de opinión identitaria la pregunta, ¿se siente usted más europeo que navarro, igual, menos? Los promotores del arriado de la bandera europea dicen de sí mismos que constituyen la generación más preparada de la historia y sin duda es cierto. Lo que permite encontrar analogías en su compartimiento con el de los personajes de la hilarante serie televisiva Big Bang Theory en la se cuentan las andanzas de un grupito de aventajados jóvenes científicos cuya comicidad reside en el contraste entre su altísimo coeficiente intelectual y su absoluta torpeza en sus relaciones con la realidad, lo que hace que todos los mensajes que emiten hacia los demás resulten equívocos y de consecuencias desastrosas y frustrantes. En esta ficción, Sheldon Cooper, el personaje protagonista y un solipsista absoluto, ha puesto en marcha un programa de vexilología en internet titulado diversión con banderas, en el que utiliza las banderas del mundo para divagar sobre sus cuitas personales. Fun with flags, como en el parlamento soberano del reyno, con ye.
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Acabo de leer tu entrada, que me ha traído a la memoria unas leves risas que hicimos ayer el grupo de mayorzotes que salimos de excursión por uno de los páramos de Devon, el Dartmoor. Al coronar la cima (¡520 metros de altitud, nada menos¡ Pero es que la cota máxima que se alcanza en este abrupto condado es de 620), hubo cierto choteo sobre qué bandera deberíamos alzar: la inglesa, la española, la de Cornualles (también hay nacionalistas “Cornish”) o, como propuse yo, la del Brexit. Por suerte, en el deprimente panorama de los nacionalismos europeos, aún queda gente que se toma esos asuntos a chirigota.
Lo del bocio es una comparación genial.