Una noticia arrastra un recuerdo. El dalai lama ha estado en Francia ignorado por las autoridades del país. La excusa dada es que el líder religioso no pidió ser recibido por el gobierno, pero, ¿alguien se imagina una explicación semejante en el caso de que el visitante hubiera sido el papa de Roma? Lo cierto es que el dalai lama va por el mundo ceñidamente vigilado por la diplomacia china que ha hecho cuestión de estado de cualquier expresión política que pueda insinuarse en sus viajes, y los pequeños gobiernos europeos actúan respecto al monje tibetano coaccionados por el poder político y económico de la segunda potencia mundial. Las visitas del dalai lama tienen un carácter furtivo, como lo tendrían, digamos, las del papa romano si un día la unión europea decidiera ocupar militarmente el vaticano y expulsarle del sitial. El budismo tibetano no tiene embajadores en ningún país, solo seguidores de cuya mano circula del dalai lama por el mundo. En uno de estos viajes furtivos, visitó la provincia subpirenaica desde la que escribo -el tres y cuatro de junio de mil novecientos noventa-, traído por un fervoroso seguidor local, ya fallecido, al que se debe la existencia de un centro de meditación budista en los montes cercanos a la capital de la provincia, antaño covadonga de la cruz y la espada. Fue aquélla la época en que no era infrecuente cruzarse en las calles de la ciudad a vecinos, y sobre todo vecinas, envueltas en ropones de color azafrán y en la que el buda se reencarnó en un niño granadino de nombre Osel, que en aquella ocasión acompañaba al dalai lama. Pueden imaginarse la excitación que produjo en las autoridades de la provincia una visita tan exótica. Un tipo de cabeza rasurada y envuelto en un manteo de color rojo, amarillo y ocre es lo más parecido a un marciano que podía esperarse en aquella época huérfana de internet y previa al programa erasmus, así que nos pusimos a la tarea. El gobierno de Felipe González y su a la sazón ministro de asuntos exteriores, Francisco Fernández Ordóñez, por lo demás uno de los ministros más progres que ha tenido el país, se apresuraron a enfriar el entusiasmo budisata de las instituciones provinciales. Los chinos no querían que hubiera ningún reconocimiento gubernamental del monje, así que el presidente regional se quedó sin su foto y hubo que buscar otro acomodo a la recepción. Fue en el parlamento, pero tampoco podía ser tan solemne que se ubicara en el salón de plenos, de modo que el tinglado se desplazó a una pequeña sala de reuniones, situada en un anodino edificio de oficinas, en la que todos los políticos y demás parentela se apelotonaron para recibir la gracia del visitante. Aquello parecía el camarote de los Hermanos Marx. En una atmósfera asfixiante y extravagante, hubo intercambio de discursos de una vaciedad impecablemente zen (lo sé bien, porque uno de los discursos lo escribí yo), ofrenda de fulares blancos, manos juntas e inclinaciones de cabeza, hasta que terminó la ceremonia y no hubo nada. Después de este trámite, se reunió con representantes políticos firmantes del acuerdo contra el terrorismo de eta, en los intersticios entre la política y la mera humanidad. La paradoja reside en que el lama es una víctima del terrorismo, en este caso de estado, al que la comunidad internacional le niega este reconocimiento. Pero un monje budista es como un juguete, al contrario que un obispo, que acojona. Después, el visitante se reunió con sus seguidores, a los que sin duda habló de ciencia, ecología y espiritualidad, como dicen las noticias que ha hecho ahora en Francia. No hace falta ser budista, ni tampoco apreciar el reino atrasado y empobrecido que gobernaron los monjes en el Tibet, para sentir una tibia admiración por la tenacidad de este pacífico peregrino de sí mismo,  que vaga por el mundo por una estrecha senda entre dos espacios vacíos: la nada de la realidad y la nada del buda.