La leyenda dice que los descubrimientos de la ciencia son fruto de una observación que desencadena una sucesión de argumentaciones lógicas hasta cristalizar en una insoslayable verdad. Hoy creo que he descubierto el hueco que somos. He dejado para el final del día estas líneas porque el calor y la luz de agosto te convierten en un espejismo y quizás a la puesta del sol se revelen mejor tus dimensiones, pero me he equivocado. En una terraza,  a la orilla del río de nuestra infancia, donde los niños hacíamos y aún hacen chipichapas, que es como llamábamos al juego de lanzar piedras planas al agua de forma que reboten dos, tres o más veces en la superficie antes de que se sumergieran en el fondo, he sentido el déficit que leí en un personaje de Samuel Beckett: me gustaría tener más vida interior. O mejor dicho, me gustaría creer que tengo algo de vida interior. No me refiero a los secretillos, argucias, imposturas, pasiones y manías que nos hacen seres sociales y nos identifican ante los demás, sino a algo más íntimo, que dé sentido a lo que somos y hacemos. Ya estoy enzarzado en las palabras. ¿Qué es eso de dar sentido sino comparar un hecho o una acción con un patrón convencional fijado por otros? Volvamos al principio: el río como una mancha crecientemente oscura en contraste con la blancura de las piedras de la orilla que alumbra la luna creciente, los árboles de la ribera convertidos en un negro muro recortado contra los últimos reflejos del sol poniente; el murmullo de una conversación en el velador de al lado; mi propia voz y la de quien me acompaña, se desvanecerán en unos minutos. Nada en mí ni a mi alrededor es trascendente, ni en consecuencia justificable, y sin embargo resulta gratificante. No estoy, gritan los niños pequeños cuando juegan al escondite para de inmediato hacerse ver con una sonrisa triunfal. No soy, podría decir el escribidor  que se agazapa tras estas líneas.