¿Qué va a hacer mamá Europa con los viejos? Con los españoles, ya lo sabemos, dejarlos en manos de un depredador de la hucha de las pensiones y de su estela de groopies entre los que se encuentra otro viejo conspicuo, Felipe González, que disfruta de la magnanimidad del estado y de otros patrocinadores que lo hacen espesamente inmortal. Pero, para mencionar un asunto de actualidad, ¿qué pasa con los británicos? Estos abueletes sonrosados son compatriotas de lord Beveridge, el creador del estado del bienestar tal como lo conocíamos hasta ayer mismo, y ahora ¿qué? Leo que uno de los primeros problemas con que se enfrentarán los negociadores de las condiciones del Brexit será acordar quién paga las pensiones e indemnizaciones de despido de los funcionarios ingleses que trabajan en la odiosa burocracia de Bruselas. Si me lo preguntasen a mí, les diría que esas pensiones las va a pagar el empleado de la hamburguesería del que hablábamos ayer en esta bitácora. Desde luego, no la empresa que le emplea, que viene beneficiándose desde hace nueve años (los de la crisis) de una mengua sostenida del impuesto de sociedades. Ser europeo es un plus y los funcionarios de la unión, al menos los españoles, lo son por partida doble. Si se jubilan o los despiden en Bruselas pueden volver al hogar patrio del que salieron hace veinte o más años en comisión de servicio y, en su caso, cobrar doble pensión con alguna triquiñuela administrativa en la que son expertos. Esto también lo paga el dependiente de la hamburguesería. Hasta aquí, los funcionarios, pero ¿qué pasa con los jubilados ingleses corrientes que vegetan mansamente en las costas de Levante, y que sea por muchos años? Pues, al parecer, miran el futuro con confianza y no creen que sus pensiones y las atenciones sanitarias y sociales que reciben vayan a verse afectadas por la decisión soberana de su soberano país. Ninguna decisión política parece afectar a los viejos, ya sea la espantada de la unión europea en el caso de los ingleses o la pesada morosidad en la formación de gobierno entre los españoles, excepto mi amigo Quirón que teme que morirá sin ver a Rajoy fuera de La Moncloa.  Esta confianza generalizada y senil en el (corto) futuro que nos queda empieza a resultar obscena. Por mi parte, intento reprimir la sonrisa que espontáneamente me brotaba a los labios cada vez que informaba a mi interlocutor más joven de mi condición de jubilado (incluso finjo que trabajo en este blog) porque era recibida con una mezcla de aflicción y resentimiento en quien me escuchaba. Así que ahora adopto un gesto severo y ligeramente compungido al dar noticia de mi estado post laboral, antes de que la unión europea, y Rajoy en primer término, con el apoyo de Felipe González, decidan cambiar de política y la población se sienta autorizada a insultar y a dar patadas a los viejos como en Inglaterra empiezan a hacer con los europeos.