Si hemos de fiarnos del orden narrativo de los obituarios que le ha dedicado la prensa, lo más destacable que hizo el filósofo Gustavo Bueno, fallecido el pasado domingo, fue morir dos días después que su esposa, de la que los titulares no dan ni el nombre. En el cuerpo de la noticia, los panegiristas hacen esfuerzos titánicos y baldíos por trasladar a la atención del público las razones por las que el finado es, o fue, prominente.
Gustavo Bueno habitó en vida el olimpo de la filosofía patria y con Agustín García Calvo (fallecido en 2012) compuso una pareja de referencia de la sabiduría progre en los setenta, –el primero, marxista; ácrata, el segundo: etiquetas de la época- y gozaron de cierta fama itinerante en su empeño de sacar la filosofía a la calle. García Calvo pastoreó una catédra populosa en el bar La Manuela del barrio de Malasaña de Madrid y Bueno se prodigó en encuentros con públicos improbables –los mineros asturianos, por ejemplo-, más espoleados por la curiosidad de un tiempo novedoso que por la competencia filosófica. Esta mezcla de fiesta libertaria y retorno a los socráticos duró, digamos, hasta que llegó la noche felipista, profusamente iluminada con neón y fuegos artificiales. Lo que vino a renglón seguido fue una invitación a la banalidad pagada con fondos públicos que desconcertó a nuestros filósofos e inspiró a Rafael Sánchez Ferlosio, otro parnasiano de la época, su célebre artículo de los abanicos.
A su turno, García Calvo aceptó de la administración socialista el encargo de redactar la letra del himno de la comunidad de Madrid, un poema ramplón y anarcoide del que es autor. Gustavo Bueno, quizás más berroqueño que sus colegas, tardó en sumarse a la confusión post moderna, pero terminó haciéndolo -críticamente, desde luego- y en este quijotesco rol censuró el programa televisivo Gran Hermano, como se apresura a recordar su necrológica.
Los filósofos españoles podrán exhibir una blanca cabellera alborotada y una cachimba entre los dientes pero no hay cuidado de que vayan a tener la notoriedad y la influencia de Bertrand Russell o de Sartre. Tié que haber gente pa tó, dicen que replicó el torero El Gallo a Ortega y Gasset cuando este le dijo que era filósofo. No sé si la anécdota es una leyenda pero supe de otra real. En mi remota juventud conocí a un tipo inconsciente y un tanto pomposo que había estampado en la casilla de profesión que figuraba en los antiguos carnés de identidad la palabra filósofo. No sé si era una humorada de su carácter o un anhelo sincero de su vocación pues al final la historia confunde humorada y vocación. El tipo fue detenido en una de las rutinarias redadas que practicaba la policía en el tardofranquismo y el agente que examinó su deenei le miró fijamente y le preguntó: ¿filósofo, está usted riéndose de nosotros? El tipo, muerto de miedo, creyó que le esperaba una mano de hostias pero no ocurrió nada; el poli le tomó la filiación y le dejaron en libertad. Luego pensó que si su oficio hubiera sido mecánico fresador o maestro de escuela hubiera podido pasarlo peor, pero con un filósofo ¿para qué cansar la mano? Nuestro filósofo muere muy apropiadamente en el momento en que tiene lugar una polémica sobre la enseñanza de la filosofía en la Universidad de Madrid en la que menudean más los argumentos burocráticos que filosóficos.