Mi amiga inglesa me recuerda que Michael Portillo, el delfín de Margaret Thatcher al que mencionábamos en esta bitácora hace un par de días, fue despedido de la política por voluntad de sus votantes, que no le reeligieron en su circunscripción. Así pues, unos pocos miles de electores truncaron la carrera de este encumbrado político porque, simplemente, consideraron que no lo querían como su representante. Este recordatorio de mi amiga me lleva a formular una modesta reflexión a propósito del intenso mangoneo al que la clase política de nuestro país somete al cuerpo electoral, chantajes incluidos, como estamos viendo estos días. En el Reino Unido impera un sistema electoral mayoritario puro en el que candidatos unipersonales concurren en circunscripciones de población homogénea y son elegidos por mayoría simple. El que obtiene más votos en cada circunscripción se queda con el escaño, y el gobierno emana de la mayoría resultante. El sistema es expeditivo pero también simple, transparente y directo, y establece una relación simbiótica entre electores y electos, en la que los estos no pueden perder de vista el estado de ánimo de aquellos de los que depende su carrera. Para decirlo en términos domésticos: en el sistema británico no hubieran sobrevivido personajes como Javier Arenas o Alfonso Guerra, para mencionar dos momias de nuestro museo, ni hubieran medrado (presuntos) delincuentes como Luis Bárcenas o Pedro Gómez de la Serna. En un sistema electoral mayoritario por circunscripciones unipersonales, el diputado está obligado a currarse su relación personal con los electores, a mantener vivo y alerta el comité o agrupación del partido que lo apoya y a no someterse al dictado de su jefe de filas si contradice los intereses de sus electores porque le va la carrera en ello. El estatus de este parlamentario justifica que disponga de algunos recursos debidamente tasados: aforamiento para ponerlo a salvo de iniciativas torticeras de sus adversarios (no de la justicia) y equipamiento material (oficina, ayudantes) para llevar a cabo su trabajo. A su vez, si aparece enfangado en alguna pifia, presunta o real, dimite de inmediato, se va casa y nadie mueve ni una ceja en su defensa, evitándonos que la clase política parezca la familia de Don Corleone. Cada sistema democrático es hijo de sus orígenes. El inglés se remonta a los albores del parlamentarismo, cuando ni siquiera se llamaba democrático, y está impregnado de esa hidalguía que se atribuye a la clase de los caballeros. El nuestro procede del magma de una tardía dictadura y pretende salvar lo que heredó de ella: un gobierno fuerte e incontestable, una clase política blindada ante la justicia y el pueblo, el relumbrón del jefe y una sociedad aplacada e inerte. Estos rasgos explican las trabas que nos afligen este verano, o como diría el otro: este invierno de nuestro descontento vuelto estío por el sol manchego.
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