El ocio estival me lleva a una representación de Ricardo III en el castillo de Olite. Un marco apropiado para un drama renacentista; el espectador levanta los ojos sobre su cabeza y encuentra las torres y almenas del restaurado palacio del rey Carlos III de Navarra recortadas en el telón del cielo estrellado. En el escenario, una historia de ambición política y crímenes sin tregua, como sabemos. El relato es un pliego de cordel en el que sobresale el poderoso carácter de los personajes a través de la inigualable elocuencia que les presta Shakespeare. Eduardo Vasco, director de esta versión, ha resuelto las dificultades de la puesta en escena con tres recursos que no son novedosos: una escenografía evocadora de los turbios tiempos de la Europa de entreguerras; una tendencia a lo guiñolesco en los personajes, singularmente en el taimado protagonista, que desde luego se presta a este tratamiento, y, por último, un barniz brechtiano en la representación, jalonada de cancioncillas y recitaciones del elenco convertido en coro para provocar lo que Brecht llamaba un efecto de distanciamiento, destinado a arrancar al espectador del encantamiento sentimental que provocaba el teatro romántico. Brecht era marxista y los marxistas creían tener la clave de la historia y la misión pedagógica de hacerla evidente para encarrilarla hacia el camino correcto, pero, a estas alturas, esta pretensión resulta pueril y el distanciamiento, anticuado. Ante un público resabiado y cínico, este recurso didáctico ha devenido en blando guiño de complicidad. Vivimos una época hiperrealista en la que Shakespeare y Brecht tendrían que competir con el telediario. Vamos a ver, ¿sería necesario que los diputados del congreso, como los pares de las cortes de York y Lancaster, interrumpieran sus incansables maniobras, que ellos creen maquiavélicas pero no son sino ardides de tahúr de póquer, para recitar al unísono frente al público una coplilla que dijera: “el mundo está al revés y la cabeza se encuentra donde están los pies” como canturreaban ayer los comediantes de Olite? ¿Acaso no comprendemos a simple vista y sin mediación brechtiana alguna dónde tienen la cabeza y dónde los pies, y de paso el culo, nuestros lores con solo oír una declaración en la tele del señor Martínez Maíllo por decir un nombre indistinto, un Norfolk o un Exeter cualquiera, del coro que nos gobierna? Oh, dios me libre de aventurar semejanzas entre la corte de Inglaterra en el siglo XV y nuestro parlamento del siglo XXI. Entonces se usaba la daga, que ha decaído como herramienta para la solución de conflictos, lo que sin duda hace más tediosa la representación en estos días. Puedo imaginar la complacencia del público isabelino ante la febril escabechina que se desarrollaba ante sus ojos. Ahora, no tenemos más recurso que blandir el mando a distancia y pulsarlo frenéticamente, sin éxito, porque siempre encontramos, en cualquier canal y a todas horas, un maíllo que reclama nuestra atención para proferir alguna simpleza, deslavada de retórica, eso sí, a favor de su ricardotercero candidato al trono.
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