Tengo para mí que ese oso color panocha que con suerte va a ser el nuevo presidente del mundo se adueñó de su consorte no porque fuera una virtuosa de la oratoria sino porque es un bollazo de tía. Neumática, me recuerda mi amigo Conget que se llamaban a estas chicas en el mundo feliz de Aldous Huxley. El ascenso de Donald Trump es uno de esos misterios inabarcables para nuestras tradicionales herramientas intelectivas, así que los analistas han dejado de lado la categoría para distraerse en la anécdota: Melanie Trump ha plagiado a Michelle Obama en su discurso de salutación a sus partidarios. La noticia viene acompañada de fotografías de la señora Trump de frente y por detrás para que queden de manifiesto las virtudes que acreditan a la esposa del candidato. Lo que predica Trump es opulencia, y la opulencia es en primer término plástica, no literaria. Luego está la cuestión del plagio. Es este un asunto muy serio en las culturas meritocráticas de las democracias atlánticas, que ha llevado en más de una ocasión a la vergüenza y a la retirada de un candidato o de un cargo público, pero a los mediterráneos no nos dice gran cosa, nada desde luego que pueda corregir la intuitiva admiración que la señora Trump despierta en el patio de butacas. Tú puedes plagiar lo que quieras, chata, diría un piropeador de zarzuela. El descrédito del plagio entre nosotros brota de la ausencia de materiales originales que plagiar.  “Queremos que nuestros hijos en esta nación sepan que el único límite a tus logros es la fuerza de tus sueños y tu voluntad de trabajar por ellos”, este fue el fragmento presuntamente pirateado por la señora Trump del discurso de la señora Obama. En el país de Quevedo, Góngora y Gracián, un período oratorio como ese provocaría en la audiencia, como mucho, un perplejo arqueamiento de cejas. La última vez que lo intentó Rajoy tuvo que ilustrarlo con la imagen de una niña para que lo entendieran sus votantes, la cual al final terminó siendo la niña de El exorcista, pero eso qué importa. En adelante, Rajoy comprendió que era ocioso esmerarse en la retórica para conseguir votos y ganar elecciones y recortó drásticamente, como todo lo demás, su oratoria hasta convertirla en una manifestación espástica: “España es una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles”; “Esto no es como el agua que cae del cielo sin que se sepa exactamente por qué”; “Un vaso es un vaso y un plato es un plato”; “Es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”. ¿Quién demonios va a plagiar eso? El ascenso de Rajoy y de Trump es la clase de acontecimiento que aconseja clausurar las facultades universitarias de ciencias políticas, como ya dicen que van a hacer con las de filosofía.