Un ramillete de intelectuales (así se les llama de antiguo sin que la palabra tenga todavía un significado preciso) -Félix de Azúa, Francesc Carreras, Albert Boadella, Arcadi Espada,  et alii-, a los que se atribuye la fundación del partido de los ciudadanos de Albert Rivera ha pedido a éste que renuncie al veto que viene proclamando contra Rajoy y facilite así su investidura como presidente del gobierno. Rivera mantiene hacia Rajoy una relación edípica y necesita matar al padre para quedarse con el negocio, de modo que, a la primera oportunidad que tuvo en la tribuna del parlamento, llamó a las huestes del pepé a la sedición para derrocar al patriarca. No es fácil desdecirse de algo que se ha proclamado desde tan alto sitial y que se ve compelido a repetir cada vez que se encuentra ante un micrófono. El rencor que se guardan el patriarca y el hereu es recíproco. Rajoy, que ha hecho de la experiencia que da la edad su único patrimonio político,  ningunea a Rivera como a un fastidioso avatar juvenil. De hecho, Rajoy jamás fue el agitado y glamoroso repentizador que es Rivera, ni cuando era un adolescente con granos en la cara porque entonces estudiaba para registrador de la propiedad, y solo le faltaba que a la vejez le viniera ese chico a arrebatarle la propiedad, precisamente. Pero dejemos a ambos con sus cuitas. Lo que nos interesa aquí es el despliegue de la iridiscente cola de este grupito de intelectuales, dizque fundadores del partido. Azúa, el esteta que ha hecho del desdén patricio un estilo inconfundible; Boadella, el inspirado comediante de antaño; Carreras, el pedagogo plúmbeo y reiterativo en las páginas de opinión del periódico de referencia, y Espada, un periodista esquinado y propenso a la fantasía. Todos ellos tienen en común su irritado malestar por el soberanismo catalán pero cuesta creer que ese aclamado ramillete de personajes narcisos, ensimismados y excéntricos haya fundado un partido, aunque sea pequeñito, y que hayan gastado su precioso tiempo en mítines, en reuniones con las bases, en pegadas de carteles, e incluso en nerviosas emisiones de tuits. Todos ellos conservan, sin embargo, la creencia en la autoridad de su voz y en la pertinencia de su función como abajofirmantes, y la vanidad de creer que producen la realidad, la cual sería un mucílago informe sin sus gestos y lecciones. Rivera tiembla porque se juega su carrera política en la arena mientras los pavos fundadores asisten al espectáculo desde la tribuna y alzan o abaten el pulgar a su arbitrio en la seguridad de que siempre habrá un césar que los querrá para adorno de su corte.