El padre Marcelino Zalba S.J., nacido a principios del siglo pasado en un lugarejo de la remota provincia desde la que escribo y muerto en loor de santidad a principios de este siglo, fue autor de un tremendo tratado de teología moral en cuatro volúmenes, escrito en latín, que sirvió a la formación de una generación de clérigos educadores y enseñantes entre los años cincuenta y setenta del pasado siglo, la época en que la clerecía católica gozó del monopolio absoluto de la educación y en la que forjaron su moral los miembros de nuestra clase dirigente de la que el ministro de Interior en funciones, Jorge Fernández Díaz, es un conspicuo representante. El padre Zalba dedica un apartado de su tratado a discernir cuándo y en qué circunstancias puede ser pecado la visión de la cópula de los animales, un riesgo frecuente en el numeroso campesinado que se formaba en los noviciados religiosos de la época, y enumera cuatro condiciones que evitarían la cualidad pecaminosa de esta visión: a) que se hiciera de lejos (a longe), b) que fuera imprevista (ex inopinato), c) durante un tiempo breve (breviter), d) muy poquito y sin detenerse en los detalles (perpaucis) y e) sin complacencia o consentimiento (sine consentire). La afinada casuística del padre Zalba nos permite responder a la pregunta de por qué los votantes de derecha persisten en su apoyo al pepé sumido en la corrupción. Pues bien, porque la corrupción es un hecho de la naturaleza, como la cópula de las reses, al que asisten de lejos (cosa de políticos), de forma inopinada (quién iba a imaginar), durante un tiempo breve (un par de minutos de telediario), sin detenerse en los detalles (todos hacen lo mismo) y desde luego sin complacencia alguna (por dios, la corrupción, qué ordinariez). El padre Zalba ya advierte que, si se cumplen estas condiciones, la contemplación de la corrupción (o de la cópula, si hablamos de otra cosa) no alcanza ni a pecado venial. Y ¿dónde esta escrito que haya que sacrificar al ganado porque se le haya visto copulando en el prado y no en la umbría  de la cuadra? Y aquí llegamos al colofón de la moral católica: el perdón después de la confesión de la culpa. En el caso de los tejemanejes del ministro del Interior para destruir a sus adversarios políticos, la confesión fue involuntaria, debida a una grabación inesperada, pero confesión al fin y al cabo -¿cuántas veces el padre Zalba y sus secuaces no forzaron la confesión de un réprobo después de haber espiado su conducta?- y la absolución la ha recibido de sus votantes en las urnas. Pero, ¿por qué no dimite como hacen los políticos en Inglaterra y en Alemania? Porque eso es cosa de luteranos y calvinistas, responde el padre Zalba. Para eso hicimos aquí la Contrarreforma, que, por cierto, ha ganado las elecciones.