¿Qué podemos esperar de la memoria? Cuando se llega a cierta edad, la pregunta se torna inquietante porque, justamente, es una facultad que, cuando más se necesita, más tiende a ausentarse, y cuando más se requiere su testimonio, menos fiable es. ¿Qué mecanismos permiten la pervivencia de ciertos recuerdos y la desaparición de otros?, ¿cómo funcionan las asociaciones memorísticas que permiten que el relato del pasado sea veraz y coherente?, ¿es la memoria un aliado o nuestro peor enemigo? Y mejor si estas preguntas pueden hacerse cuando aún hay alguna esperanza de encontrar una respuesta porque muy bien puede la desmemoria convertirse en una metástasis que aniquile incluso las funciones más elementales del organismo hasta convertir al individuo en una carcasa hueca. Tengo para mí que estas preguntas no son específicas de los viejos, sino que estos son los únicos que se exigen respuestas porque quizás les va la vida en ello. Los jóvenes tienen una relación menos conflictiva con su memoria, porque el campo sobre el que opera tiene menores dimensiones y porque son capaces de manejar las utilidades que proporciona. Recuerdan lo que necesitan e ignoran lo demás. Leo que los universitarios vascos desconocen casi todo sobre la situación de violencia que vivió esa sociedad en un tiempo que para los de nuestra edad es ayer mismo y a ellos les debe parecer alguna remota era prehistórica. Los profesores que atestiguan este desconocimiento de sus alumnos se afligen porque creen saber que se debe a la falta de atención que lo ocurrido en esos años de plomo ha recibido en las aulas. Seguramente es cierto pero hay al menos dos razones para que haya sido así. La primera, que era difícil tratar apropiadamente en las aulas un tema, para decirlo en la jerga escolar, que estaba ocurriendo casi simultáneamente en la calle y sobre cuya naturaleza no había ningún consenso social ni político. La violencia era una experiencia directa que se percibía de diversas maneras, e incluso no se percibía en absoluto en algunos casos. La segunda razón es que la sociedad se da un periodo de silencio, que a menudo se confunde con el olvido, después de un conflicto para aplacar los ánimos y salir del bucle de violencia en el que ha vivido; esta es una experiencia universal y la generación que ha rebasado los sesenta debiera saberlo mejor que nadie. Ahora ha empezado un tiempo en el que el recuerdo de lo ocurrido deberá cuajar en conocimiento histórico y ya hay historiadores a la tarea, y resultados de gran solvencia, como el Informe Foronda, por ejemplo, pero la recuperación de la memoria no un proceso fácil ni rápido, tanto menos si se trata de que impregne a toda la sociedad porque, como recordaba Jorge Semprún a propósito de la experiencia en los campos nazis, la memoria es siempre individual e intransferible y no existe nada parecido a una memoria colectiva. El terrorismo no solo quebró a la sociedad vasca sino que hizo trizas el bucólico mito de la unidad originaria del pueblo y habrá que vivir con esta fisura, que también afecta a la memoria, quizás para siempre.
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