Cuatro políticos representantes de los partidos mayoritarios son invitados a debatir en la tele sobre la plaga que ha emergido estos días: los paraísos fiscales. Solo uno de los cuatro (una, para ser exacto, que llama con toda propiedad lavaderos de dinero a estos artilugios) afirma sin ambages que son parte del sistema financiero internacional. A vista de pájaro, aunque sea de mal agüero, no puede llamarse de otro modo a un archipiélago de islas opacas, algunas tan ignotas que parecen legendarias, en el que empollan sus dineros jefes de estado y de gobierno sin distinción de regímenes, empresarios, intelectuales y artistas de relumbrón y un sinnúmero de personajillos como el que se presentó a bombo y platillo en el mismo programa televisivo, sin otro mérito que haber acumulado una pequeña o gran fortuna. La astucia de los corsarios y comisionistas, algunos de los cuales encuentran sus raíces en el nazismo, la colaboración obsequiosa de los grandes bancos, el silencio e impotencia de los gobiernos nacionales, de los parlamentos y de las instituciones internacionales de control, no permiten deducir otra cosa ni llamar al tinglado por otro nombre. Sin embargo, los otros tres contertulios se negaban a reconocerlo y se obcecaban en sus rutinas retóricas. El más obvio insistía en que la cosa era un accidente y, si hubiera delito, es responsabilidad de quien lo ha cometido; otro no paraba de blandir un papel y decir que su partido había presentado no sé cuántas medidas para atajar la plaga, y el tercero matizaba que los lavaderos no son parte del sistema sino un problema de incumplimiento de las leyes. Los tres parecían personajes de la célebre película de Buñuel, El ángel exterminador, en el que un puñado de personajes de la plutocracia, invitados a una copiosa cena, prolongan durante horas la sobremesa por la simple e inconfesada razón de que no pueden atravesar la puerta de salida que les llevará a la calle, porque está clausurada por una fuerza invisible que anida en los propios personajes. Entretanto, las relaciones entre los encerrados se gangrenan, plagadas de malentendidos, agresiones y acusaciones recíprocas, y la armoniosa y bien estante sociedad del principio de la película deviene en rencorosa horda de primates. Más o menos, un espectáculo similar al que hemos asistido durante estos meses de fallida negociación para formar gobierno. La misteriosa historia del cineasta aragonés admite muchas interpretaciones pero una de ellas es, sin duda, la de la renuncia a la verdad común en aras a los intereses privados. Es seguro que el estático y previsible Rajoy no encuentra relación alguna entre los paraísos fiscales y la crisis de gobierno, y lo mismo puede decirse de Sánchez, que en ciertas declaraciones presentadas en el mismo programa, falseó, no se sabe si por ignorancia o por afición a la demagogia, la relación entre la aparición de los papeles de Panamá y la acción del gobierno de Zapatero. Para no hablar del inefable Rivera, empeñado en hacer creer que se puede cambiar la realidad a fuerza de aspavientos. La clarividencia de los radicales, sin embargo, no les otorga la fuerza para abatir el muro invisible. En la historia de Buñuel, la gente asiste desde la acera de enfrente a lo que está ocurriendo en la extraña mansión, comentan, se extrañan, opinan al vuelo, pero permanecen pasivos. La película tiene lo que los críticos de antes llamaban un final abierto.
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