Tengo que reconocer que ayer participé desde el sofá en el entusiasmo casi orgiástico que reinaba en el congreso de los diputados, convertido en una formidable velada de boxeo a cuatro bandas. Dale duro, chúpate esa, ahí le duele, zasca en toda la boca, eran expresiones que me brotaban de las tripas al unísono de los aplausos de los hooligans del hemiciclo, pero que tenía que contener entre los dientes para que los vecinos no me oyeran a través de la pared y creyeran que estaba loco. Los cuatro se emplearon a fondo, cada uno en su estilo, y no ahorraron golpes bajos ni marrullerías, como los buenos. Hasta Rajoy estuvo sobrado en su papel de arrogante y despectivo orador decimonónico, como si fuese un monumento que está en la Carrera de San Jerónimo desde Cánovas. E Iglesias, como recién salido de un videojuego, en el suyo de jefe de la tribu india que espera emboscada entre pinares y breñas la ocasión para asaltar el fuerte. Ambos representaron el pasado y el futuro con claridad deslumbrante, lo que no preanuncia quién ganará; a menudo, el pasado gana y el futuro pierde, como sabemos. Los más previsibles y esforzados fueron los pretendientes al trofeo, aliados de coyuntura, porque no podían permitirse florituras ni salidas de tono en la trenza que querían urdir, y ahí estaban, sin más apoyo que la creencia en que in medio virtus. Fueron los sparrings de la velada. Como se daba por supuesto que estamos en los albores de una nueva época que nadie sabe cómo será ni a dónde nos lleva, lo seguro era acogerse al ejemplo de los padres fundadores. Rivera fungió de un Adolfo Suárez henchido de optimismo verbal y gestual, lo que no se corresponde para nada con el modelo original, que era un político de una gravedad casi trágica, abulense, del que te podías creer, porque había circunstancias que lo atestiguaban, que si no seguíamos su pauta íbamos al abismo. A su turno, Sánchez fue un Felipe González desubicado, demasiado transparente, que dejaba ver los agujeros de su discurso; al genuino no se le entendía nada, y ahí radicaba su imbatible capacidad de seducción y su autoridad de gurú, aún vigente, al parecer. Y así llegamos al final de la velada. El resultado estaba descontado, de modo que el objetivo de los contendientes no era ganar o perder sino conquistar un espacio en la memoria del público para una próxima ocasión más decisiva. Lo primero que nos viene a la cabeza es que esa ocasión son nuevas elecciones, pero, amigo, para eso aún faltan dos meses. ¿Qué harán en este lapso los cuatro, vapuleados, frustrados, resentidos, mirándose unos a otros sin ver otra cosa que los hematomas que les ha dejado el encuentro en la cara? Es cierto que la tienen de cemento y son profesionales, pero han de guardar las formas, preservar la honrilla y atender a las expectativas de sus clientelas. La retirada de alguno favorecería la recomposición del juego y quizás su solución, pero pensar en ello es entrar en el reino de la fantasía, aunque, quién sabe, aún faltan unos días para los idus de marzo. Ya veremos. Lo seguro es que este tránsito del bipartidismo hacia otra cosa no va a ser fácil ni corto, ¿y qué se puede esperar, tratándose de un cambio de era histórica? Y despídanse de un gobierno de izquierdas, o de derechas.