Domingo por la mañana. La nieve del día anterior ha desaparecido de  calles y tejados. Camino hacia Ripagaina, donde la ciudad se expande. Altos edificios nuevos de viviendas en medio solares yermos, grúas, anchos viales sin tráfico, aceras despobladas, farolas como perchas de ahorcado. Paseo en compañía de ese camarada antaño leal e imperceptible que de un tiempo a esta parte no para de rezongar con una inagotable y ciertamente creativa variedad de señales amenazantes. Un pinchazo en la planta del pie, un inaudible chasquido en la rodilla, una oscilante mosca en el ojo, el entrecortado bombeo del aire en los pulmones, la lengua en la seca caverna del paladar, el cosquilleo de las manos dormidas. Toda esta fastidiosa sobreactuación que estoicamente mantengo a buen recaudo tiene lugar en un escenario urbano que, al unísono con las exigencias de atención de mi acompañante, se torna anodino, repetitivo y extrañamente provisional, hasta que advierto con rencor que me sobrevivirá y que lo único provisional en este trance es mi conciencia y el irritante compañero que le sirve de envoltura. La ciudad, esa vieja cerda que devora a su lechigada, como escribió el otro en ocasión más memorable. Los exabruptos son inútiles. Me asalta una máxima militar que oí a una amiga: cuando el camino se hace duro, los duros siguen caminando. En inglés, como lo dijo ella, suena más resolutivo, más rítmico y marcial. Mi acompañante se encoge de hombros, por decirlo así, ya que en realidad no hace más movimientos que los estrictamente necesarios para el ejercicio en el que estamos empeñados: un pie detrás de otro, atentos a los desniveles del terreno, giro de cabeza a derecha o izquierda al atravesar la calzada, un lengüetazo entre los labios de vez en cuando, alguna mirada distraída que nunca se ve recompensada por el paisaje. Una ciclista, un transeúnte con perro. Gente extraviada sin saberlo. Mi acompañante practica una economía gestual de organismo en hibernación, cuando la vida se convierte en usura. Hubo, sin embargo, un tiempo de derroche, en que esta misma ciudad fue una caja de sorpresas y mi acompañante y yo la recorríamos secundados por una jubilosa cuadrilla de fantasmas: la última película vista, unos rumorosos versos, la cara de un ángel que nos ignoraba, la parla de un amigo, una paisaje del que no queríamos alejarnos… venían tras de nosotros, pugnaban por nuestra atención, nos interpelaban, incluso hablábamos con ellos en voz alta, a riesgo de parecer chiflados. Fragmentos del mundo que mi compañero y yo atrapábamos al paso e intentábamos moldear para construir nuestra imagen. Es curioso lo tonto que suena eso cuando de la imagen no queda más que un abrigo tres cuartos, una bufanda gris y una gorra de invierno, pantalones de pana y zapatillas de paseo, el atavío estándar de los jubilados de la época, que envuelve a un tipo que huye del miedo a convertirse en otro de los fantasmas que le han abandonado.