La gripe, o como se llame la epidemia de tos, tembleques, dolores musculares y accesos febriles que nos envuelve estos días y que me ha llevado hoy al médico, no es una afección irremediable pero sí sintomática y diríase que ha alcanzado a las altas instituciones de la patria. El país está gripado. Mientras esperaba el desenlace de este día de la marmota que es la ronda de consultas reales de nuestros capitostes para formar gobierno, he descolgado del estante de la biblioteca el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. Hay libros divagatorios, que están tejidos con los materiales que manan del flujo errático de la conciencia: pensamientos, ocurrencias, vaivenes de la mirada, opiniones sin más fundamento que el que les otorga el lenguaje. Abro el volumen por cualquier página, la 283, y leo, “Sentí hoy, de repente, una sensación absurda y justa. Me di cuenta, en un íntimo relámpago, de que no soy nadie”. Caray, Pessoa, colega, ni que estuvieras esperando a oír lo que fuera a decirnos Mariano Rajoy después de su audiencia con el rey cuando escribiste estas líneas. El protagonista de Pessoa, como los de la mejor literatura del siglo pasado, es un hombre sin atributos, desvalijado, un extranjero en su propio país, y una de las formas más depuradas del expolio es el que nos infligen cada cuatro años esos tipos que van a ver al rey con el montoncito de votos que les ha correspondido en el reparto del botín de las urnas, y con el que esperan hacer una provechosa transacción. En la tele, Rajoy da una rueda de prensa para explicar por enésima vez lo mucho que le gustaría ser presidente del gobierno pero que, ay, carece de mayoría para conseguirlo. “Soy los alrededores de una ciudad inexistente, el prolijo comentario a un libro que nunca se escribió”, dice Pessoa en la misma página, “yo, realmente yo, soy el centro que no existe sino como una geometría del abismo; soy la nada en torno a la cual gira este movimiento solo por girar”, mientras discursea Rajoy en la tele. Entre la gripe, Rajoy y Pessoa, tengo la cabeza como un bombo. Los vehículos oficiales van y vienen del palacio de La Zarzuela. Se ve que hay prisa por salir de este bucle en el que nos ha metido la voluntad de los españoles, como dicen sus beneficiarios. Por último, anuncian que Sánchez va a intentarlo. El motor ronronea de nuevo, ya veremos con qué recorrido. Que no se me olvide la pastilla.
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