Por fin lo ha dicho en voz alta alguien que debe saberlo a ciencia cierta: la Unión Europea está a punto de quebrarse. Si usted, estimado lector, fuera un plutócrata, hubiera oído directamente el augurio en el lugar donde se ha producido, en el santuario de Davos, durante la peregrinación anual del Foro Económico Mundial. Pero, en fin, ya estamos todos enterados: Europa se hunde. No por las pavorosas desigualdades entre sus clases sociales, ni por la piratería de los paraísos fiscales incrustados en su territorio y amparados por los estados miembros, ni por la escasez y precariedad del empleo para los jóvenes, ni por la codicia de sus élites extractivas, ni por los nacionalismos xenófobos rampantes en su opinión pública, ni por su insignificancia como agente político en el escenario global, ni por sus prolijas e ineficientes instituciones, ni por el ensimismamiento y la mediocridad del coro de gobiernos nacionales que forman la autoridad de la Unión. Nada de eso. La Unión Europea está a punto de romperse ¿no adivinan por qué? ¡Por los refugiados! Echemos la vista atrás. Europa era una diosa fenicia, habitante de Tiro –actual Líbano, para situar el tema-, que fue raptada no se sabe si por el gran Zeus transmutado en toro o por gentes de Minos que la llevaron a la isla de Creta, entonces la capital espiritual del continente. En origen, pues, Europa fue técnicamente una refugiada o una rehén y, si Zeus no hubiera sido Zeus sino un cuitado comisario europeo, lo que hoy llamamos Europa seguiría siendo un innominado bosque boreal poblado por bárbaros que comen carne cruda. Han sido precisamente los descendientes de los bárbaros los que han dado la voz de alarma en Davos (un territorio civilizado por el dinero de los otros) sobre el sedicente peligro que nos amenaza. Y ahora echemos un vistazo al presente. Habrán advertido que los refugiados han desaparecido de los telediarios y de las páginas de los periódicos al mismo tiempo que los gobiernos de la UE se han mostrado mezquinos y renuentes a cumplir sus compromisos de acogida. De repente, los refugiados habrían pasado de representar una crisis humanitaria a convertirse en un ente fantasmagórico protagonista de los sucesos de Colonia, que los agoreros de la ruptura de la UE han presentado como una causa evidente de la catástrofe que se avecina. Los mencionados sucesos llevan camino de convertirse en un acontecimiento mítico, una especie de rapto de las Sabinas al revés, no porque no hayan ocurrido, y en la medida que hayan ocurrido, sino por la desproporción abismal que separa los hechos conocidos y probados del impacto de su leyenda, cuidadosamente cultivada en la opinión pública. Y otra vez volvamos atrás. España ha sido hasta ayer exportadora neta de refugiados y emigrantes. Un numeroso grupo de estos, los republicanos expulsados por Franco, escribieron una de las pocas páginas de nuestra historia reciente de la que podemos enorgullecernos al convertir la derrota y la humillación en victoria de la democracia y del estado de derecho sin perder en ningún momento la dignidad que se les quiso arrebatar. Francia, entonces, los recibió con alambradas pero ningún historiador serio los haría responsables de las miserias que padeció el país a continuación: la vergonzosa derrota ante los nazis y la pestilente colaboración con el ocupante que vino después. Francia estaba enferma cuando arribaron los republicanos españoles y la Unión Europea lo está también cuando han llegado los refugiados sirios. Cuando, por fin, Francia levantó la cabeza, los republicanos españoles estaban ahí, en la primera línea de la batalla.