Toda historia verdadera cambia de significado cada vez que se cuenta. Este aforismo, o lo que sea, me ha asaltado al enterarme de que el lienzo El abrazo de Juan Genovés forma ya parte de la parafernalia simbólica del Congreso de los Diputados. La obra, como saben, muestra a un grupo de hombres y mujeres de espaldas que se dirigen alborozados con los brazos extendidos a abrazar a alguien o a algo. Dícese que la imagen fue el segundo icono en popularidad del periodo que llamamos la Transición, después del Guernica de Picasso, con la ventaja de que tenía un carácter más documental y un significado más obvio y menos estereotipado que la obra del genio malagueño. La potencia emocional que irradiaba el lienzo de Genovés reside en que los personajes que aparecen en él son los represaliados por la dictadura franquista que corren a abrazar a los suyos y, por elevación, a la libertad, dejando atrás la cárcel y el exilio a los que habían sido aherrojados. Así veíamos cuando entonces el cuadro, o más bien su reproducción en pósters domésticos. No estoy seguro de que sea esa la interpretación que, cuarenta años más tarde, se aloja en las cabezas de los sonrientes capitostes que lo han recibido en la sede del parlamento, a juzgar por el untuoso titular de una de las informaciones que dan noticia del evento: la Transición de los abrazos. En mi memoria, no recuerdo ningún abrazo en aquella época, más tortuosa que lo se quiere aparentar ahora; apretones de manos, palmaditas en la espalda y sonrisas cómplices, sí, pero no abrazos, y parece un abuso congelar en la galería de los pasos perdidos lo que fue el anhelo de unos cuantos, y por lo que sabemos ahora, ni siquiera de la mayoría. Una muestra de la excentricidad de este presunto icono de la Transición respecto a la realidad del país es que ha estado casi desde su ejecución oculto en los almacenes del Museo Reina Sofía a cuyo inventario pertenece. Ahora seguirá apartado de la mirada del público pero al menos lo podrán contemplar los diputados, que, por lo que sabemos, siguen abrazándose entre sí como hermanos, aun en la semiclandestinidad de un discreto restaurante sevillano. Vivimos una guerra semiótica entre instituciones: el ayuntamiento de Madrid se hace con los atavíos de los reyes magos y el congreso se hace con la obra de Genovés. ¿Empatados? No creo.
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