Nada está más deshabitado que la primera mañana del año. Diríase que la humanidad ha hundido la cara en la oscuridad de la almohada para no enfrentarse al futuro, que, hasta donde se sabe, será una mera continuación del pasado. Miro a través de la ventana de la habitación donde escribo y el mismo muro blanco agujereado de ventanas opacas me da la bienvenida, y, en la calle, unos pocos tipos solitarios y dispersos van a alguna parte como fugitivos que escapan de una catástrofe a la que acaban de ver el rostro. De los deseos de felicidad de hace unas horas no queda más que un penetrante olor a alcohol y a vómito. El día nace sin periódicos ni pan nuevo, que son en nuestra rutina la prueba de que el mundo sigue girando sobre su eje. Esta mañana vacía es una tregua que hemos establecido con el tiempo. La idea de que el tiempo se ha detenido y el espacio ha sido abolido resulta sedante, al menos durante unas horas, mientras dure la resaca de la falsa despedida de la noche anterior. Intento salir de este sopor y emprendo una caminata apoyado en el dedo índice de la mano derecha sobre el ratón, y descubro que solo hay dos entes que han permanecido en vela entre los despojos de la nochevieja: Internet y el terrorismo islámico. El insomnio de Internet va de suyo porque es la atmósfera que nos envuelve; tampoco descansan las nubes y los ríos. En cuanto al segundo desvelo, podría decirse que es el obsequio que este año nos traen los reyes magos de oriente a falta de regalos más apetecibles, que la crisis ha descartado. Toda crisis económica engendra una guerra y es de temer que la guerra -mundial, por supuesto, o global, como se dice ahora- contra el terrorismo islámico sea la que identificará a esta penuria que tampoco este año podremos sacudirnos de encima, según la autorizada opinión de Christine Lagarde, la reina maga de la cabalgata. De momento, ésta es la primera noticia con la que he topado en el naciente 2016: Alemania cree que el Isis planeaba un ataque terrorista a Múnich, y un poco más adelante, la opinión de nuestro superministro Guindos: El origen de las peores crisis económicas es político. Si Guindos piensa lo mismo que yo, habrá que atarse los machos. Les desearía otra vez feliz año pero me parece que ya es demasiado tarde. El campanero de la parroquia de San Miguel, junto a mi casa, ya se ha despertado y, con su finura habitual, se ha impuesto a los valses de la Musikverein de Viena para recordarnos que se ha acabado la tranquilidad y el mundo sigue siendo hoy tan estrepitoso y desapacible como lo dejamos ayer.