Bueno, hace un par de días, en este mismo espacio, creíamos respirar tranquilos porque las urnas habían desalojado del poder a los malos en Venezuela, lo que nos permitiría ocuparnos de asuntos domésticos en la campaña electoral, pero quiá, apagado el fuego, la cruzada continúa contra los rescoldos de la hoguera. El gritón Maduro se parece demasiado a Stalin en el bigote para amortizarlo como adversario por una simple incidencia electoral. Ayer, Felipe González avisó a sus correligionarios que no debían fiarse de “quien asesora a gobiernos como el de Venezuela”. No se refería a él mismo, que lo hace, sino a los fundadores de Podemos. González es un político de la vieja escuela –en realidad, el paradigma de la vieja escuela- que cree que se puede decir casi cualquier cosa en un mítin sin derecho a réplica. Es posible que los aficionados a estos mítines domesticados sean también de la vieja escuela pero la verdad es la que es, en los mítines o fuera de ellos. ¿Alguien cree de verdad que un par de profesorcillos universitarios madrileños de los que nadie había oído ni una palabra hace dos o tres años influían con sus consejos y dictámenes en el gobierno de Hugo Chávez? Más probable es lo contrario, que los bolivarianos creyeran tener en estos profesores una (insignificante) cabeza de playa para legitimar en España su política. Pero de eso también sabe Felipe González, aquel joven democristiano que fue apoyado por la socialdemocracia europea para hacerse con el viejo PSOE y ganar las elecciones a costa de pasarle la garlopa al patrimonio socialista del partido. No puede decirse que las cosas salieran entonces mal. Lo que distingue a aquel PSOE de este Podemos no son los mecanismos de influencia e intervención internacional en asuntos domésticos sino las circunstancias reinantes, que son las que cuentan en política. Hace treinta y cinco años, el PSOE era tan inquietante para la élite postfranquista de la época que el general Gutiérrez Mellado intentó que quitaran la O de obrero de su sigla. La historia ha demostrado que no fue necesario porque se ha caído sola. Entonces, muchos españoles querían la socialdemocracia y hoy también, no un régimen bolivariano o como se diga, por eso Iglesias y compañía han intentado corregir su deriva. Al régimen de Chávez lo ha derrotado una coalición de partidos que van de la derecha a la extrema derecha y algunos de los miembros de esta coalición ni siquiera considera que sea una prioridad la penuria económica de la población, como reconoce el jefe de filas en una entrevista periodística de hoy mismo. Sin embargo, estas penurias –heredadas por cierto de un régimen supremamente corrupto que dirigía un íntimo amigo de Felipe González, el socialdemócrata Carlos Andrés Pérez– y la voluntad de corregirlas fueron la base del apoyo al régimen de Chávez. Lo que la coalición ganadora en Venezuela quiere hacer en primer término es una reforma del poder judicial para cortar todos los lazos que lo vinculaban al régimen derrotado. Algo que, por cierto, también se proponen los partidos emergentes españoles, solo que en este caso el antiguo régimen es el que representa González. La cultura popular ha entronizado la afición a los dinosaurios, animalitos sobre los que vertemos la nostalgia por la inocencia y la fuerza perdidas. A los niños les sirven de cuento infantil y de introducción al darwinismo. No hay por qué negar que esta afición se haya trasladado al ámbito más inocuo de la política: los mítines partidarios. Pero los dinosaurios son un auténtico engorro. ¿Se imaginan el alboroto que provocarían en el paisanaje si aparecieran en el huerto entre las matas de tomate y los rosales? El espacio adecuado para un dinosaurio es un parque temático, que es la función que ha cumplido la Venezuela chavista para nuestro establishment. Pero siempre hay riesgo de que se escapen al mundo real, como ya nos avisaron los autores de Parque jurásico.
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