Hoy es domingo y uno de los dos periódicos de mi pueblo ofrece encartado en sus páginas el diario deportivo Marca. Este acuerdo entre empresas lo llaman sinergia, pero apenas encubre el creciente desvalor de la prensa de papel, aunque dudo de que los lectores del diario generalista aprecien como un valor añadido la adquisición del deportivo por el mismo precio. Yo, desde luego, no lo aprecio. El establecimiento donde compro la prensa está regentado por dos socios. Uno de ellos conoce mi afición y me pregunta con una media sonrisa si lo quiero o no, sabiendo la respuesta, así que extrae el deportivo de entre las páginas del generalista y lo relega al rincón de las devoluciones. El otro socio no me lo pregunta, y yo tampoco lo comento, de modo que vuelvo con el Marca a casa y queda a mi responsabilidad mandarlo a la papelera, lo que hago antes de calzarme las pantuflas. Detesto la prensa deportiva desde mucho antes de que supiera que es la lectura del desayuno de nuestro presidente del gobierno, así que, como dicen en las películas de mafiosos, no es nada personal. En su frenético enmascaramiento de uomo qualunque en el que está empeñado Rajoy, el diario Marca ocupa un lugar destacado en su atrezzo, como el sombrero Stetson en el de los candidatos republicanos norteamericanos. Es un guiño populista, para decirlo con una palabrota al uso y un típico reflejo conservador de cuando en el estadio de fútbol podíamos sentirnos inocentes: pasiones elementales y sanas por los colores, juego duro y limpio, reglas sencillas e iguales, camaradería y buen rollo con los vecinos de localidad, y la justicia suprema del mérito y la competencia, una especie de darwinismo petrificado en el que el Real Madrid (y a veces, ay, también el Barça) están siempre en lo alto de la cadena trófica. Un mundo como debe ser. En esta atmósfera, la prensa deportiva glosa lo obvio, lo que ve todo el mundo, lo redundante, lo que es de cajón, es decir, el universo imaginario en el que Rajoy se desenvuelve como pez en el agua sin dejar de asombrarse que, desde fuera de la pecera, le importunen con cuestiones extravagantes que ningún lector del Marca aceptaría en sus páginas. Hoy hasta el más tonto sabe que este paraíso de muchachos en calzones dando patadas a un balón tiene una sentina tan maloliente, por lo menos, como la que dirige Rajoy en sus horas de oficina, y que hay lecturas más complejas, retorcidas y oscuras que las de Marca, por ejemplo las del boletín oficial, pero de eso, por fortuna, se ocupa Soraya.