No diría que David Cameron, el premier británico, tiene una apostura viril a la manera, digamos, de George Clooney. En Cameron todo parece blando y ligeramente empalagoso, desde la cara de niño pijo al color pastel de su ostentosa corbata. Pero la guerra hace a los machotes. Podemos imaginar la secuencia de los hechos: concluye la votación en la Cámara de los Comunes, Cameron sonríe, se levanta de su escaño y va al lavabo, se mira en el espejo y le guiña el ojo a Rambo, se lleva el telefonillo a la cara y ordena escuetamente: do it. La celeridad con que Cameron puso en acto la autorización, que no la orden, de los Comunes para bombardear las posiciones del estado islámico puede interpretarse de dos maneras, contradictorias entre sí. Una, que es un diligente y entregado demócrata que se apresuró a cumplir a la velocidad del rayo un deseo del Parlamento, o, dos, más probablemente, que la decisión del bombardeo ya estaba tomada y el debate parlamentario fue una tediosa pamema convenida que no engaña a nadie, y menos que a nadie, a los bombardeados. Así que los promotores del terrorismo islámico ya nos tienen a (casi) todos donde querían tenernos. Esta vez no se repetirá el internacional y multitudinario no a la guerra, que llenó las calles de las ciudades europeas en 2003 sin poder impedirla. La razón es que Europa ha sido atacada, en Madrid, en Londres, en París, cierto que no por una agresión exterior sino por algunos de nuestros conciudadanos enloquecidos por la fe, pero, bueno, algo hay que hacer aunque nadie sepa qué, ni dónde, ni por cuánto tiempo, y de momento, lo que dicta la tradición, y también lo más vistoso y aplaudido, es disparar unos cuantos misiles en alguna parte de África. En El corazón de las tinieblas. Es en este relato donde nos cuenta Conrad que los buques europeos cañoneaban a ciegas desde el mar las selvas del golfo de Guinea para preservar la civilización de la amenaza que ocultaba aquel infierno vegetal. El horror, el horror, musitaba el vesánico Kurtz. La guerra ha venido a salvar la cara a la generación de líderes más mediocre del último medio siglo –Cameron, Hollande, Rajoy, Merkel y demás-, impotentes para salvar a la Unión Europea de la devastación ocasionada por la crisis económica y las manipulaciones del capital financiero, que ahora tendrán la oportunidad de echar definitivamente la persiana clausurando el espacio Schengen y poniendo en alerta a sus respectivas poblaciones desconcertadas. Las naciones europeas ya tienen experiencia en este cosquilleo de euforia prebélica porque lo sintieron en 1914, 1936 (en España) y 1939, sin contar Indochina, Suez, Irak, etcétera, así que podrán seguir el guión en el telediario sin despistarse: profusión de banderas en las calles, patriotismo armado en las aulas, despegue de aviones, explosiones sobre los objetivos, prisioneros enemigos, explicaciones ininteligibles sobre la situación, y por ahí seguido, todo en dosis homeopáticas porque los europeos se han ablandado después de tantas décadas de paz y bonanza y no están para emociones fuertes. Y ese tonto de Jeremy Corbyn y los pacifistas, ya pueden envainársela. Luego, cuando toque, nos enteraremos que también esta guerra la hemos perdido, pero entonces Cameron, Hollande y demás no estarán ahí para reprochárselo.