La familia se desmorona. He aquí un tópico apocalíptico que se maneja para agitar la ultima ratio del miedo. Ayudamos a las familias, dice el gobierno, mientras fomenta los despidos, los desahucios de la vivienda, el recorte de prestaciones y la caída de los salarios. La familia, el último baluarte de la seguridad del individuo; el portal de belén en el torbellino de la ciudad. El mito navideño por excelencia. Quizás ha sido esta certeza la que inspiró a Rajoy a llevar la cita electoral hasta la víspera de nochebuena. En esa fecha que consagra el eterno retorno nadie puede votar cambios ni reformas ni nada que altere la jerarquía del belén, con la misma estrella de todos años en lo alto del establo y los regalos al pie. Días en que necesitamos que los trenes lleguen a su hora para acudir a la cena, que el turrón y los langostinos tengan el mismo sabor que el año pasado, que el paje de los reyes magos permanezca sentado a la puerta de El Corte Inglés, incluso que el mismo cuñado suelte el mismo chascarrillo de siempre, un papel en el que no cuesta nada imaginar a nuestro presidente del gobierno. ¿Quién quiere cambios en estas fechas? Y menos en época de crisis, cuando el sombrío forillo dickensiano del cuento, poblado de indigentes y resentidos, se hace más vívido y amenazador. Así que ya estamos todos sentados otra vez a la misma mesa. Pero no hay familia que no registre alguna pérdida de un año para otro. En la nuestra hace tiempo que faltan la niña y el primo de Rajoy. Nada sabemos de ninguno de los dos. La niña ya será una joven con un tatú en el cogote o en el nacimiento de la nalga que, si consiguió conservar la beca y graduarse en la universidad (malo sea que la Púnica o la Gürtel no le echaran una mano para eso), estará buscándose la vida en Alemania o por ahí, y, si derivó en nini, estará de cajera en un hipermercado con un contrato fugaz, y quién sabe si ha decidido votar a Podemos, ovejas negras hay en todas las familias. El caso del primo es más serio. Perdió su habilitación como catedrático después de que prestara su autoridad científica para que Rajoy negara el cambio climático, con tan mala suerte que el mencionado cambio ha resultado una teoría tan probada y robusta como la ley de la gravedad o la teoría de la relatividad. Estos días, tropecientos jefes de estado, incluido Rajoy, se han reunido solemnemente en París para despojar a su primo de los galones de científico. Bueno, así es la vida. Pero en estas fechas, votemos a la familia, a la tradición, a lo sabido, a lo de siempre: vuelven y vuelven, etcétera. La Navidad, en serio.