Creo que es C.M. Bowra el que cuenta en su historia sobre la Atenas del siglo V a. C. el rifirrafe provocado en la asamblea del ágora a propósito de la erección de una estatua de Atenea en la que el escultor Fidias quería incluir un relieve de la cabeza de su amigo Pericles en el escudo de la diosa.  En resumen, los demócratas atenienses protestaban airadamente por esa alcaldada de Pericles y le preguntaban quién se creía que era para ocupar un lugar en el culto cívico a la patrona de la ciudad. La asamblea tenía la razón de su parte, pues nadie es más que otro en una democracia, pero la historia va a su bola y hoy recordamos y admiramos a Pericles, pero no a los excitados y vociferantes ciudadanos que querían apearlo del plinto de la diosa de cuya estatua tampoco ha quedado rastro. La historia es un relato y un relato necesita héroes, mientras que la democracia es un estado, apacible y justo si se quiere, pero atrozmente aburrido. Qué se lo pregunten a Artur Mas, que aspira a formar parte del escudo de armas de la futura Cataluña independiente frente a los asambleístas de la CUP que quieren impedírselo. El resultado es que el relato –el procés– se ha estancado y Mas está mordiéndose las uñas. Rajoy también quiere ocupar un sitio destacado en el escudo de Atenea, según he leído estos días, y sería la razón por la que no acudió al famoso debate a cuatro del pasado lunes. Él cree saber que, si la historia no se hizo en el ágora de Atenas, menos se va a hacer en un plató de televisión. Los héroes no debaten. Cito la crónica periodística que lo cuenta: “Rajoy aspira a pasar a la historia como el presidente que salvó a la enferma España que heredó en 2011 del socialista José Luis Rodríguez Zapatero de la quiebra, el abismo y el rescate. En ese relato, los incumplimientos, los recortes, los ajustes y las rebajas en el Estado de bienestar pasan a un segundo y tercer plano tanto como los casos de corrupción que han afectado al PP en estos cuatro años”. Al final la verdad se impone pero, mientras está vigente la leyenda, el héroe disfruta de dos milenios y medio de fama, como Pericles, o de cuatro décadas, como Franco, hasta que empiezan a aflorar los esqueletos que el héroe sembró en las cunetas. También puede ocurrir que el aprendiz de héroe cometa un error de cálculo. Aznar quiso ser el libertador de Irak y ya ven cómo ha terminado la cosa, todavía estamos esperando una disculpa. Aunque no nos engañemos, los capitostes no quieren entrar en la historia sino no salir de ella. ¿Cómo se explica, si no, que Aznar y González estén a todas horas en todas las fotos? Es el miedo a la muerte, el más democrático de los sentimientos humanos, el mismo que llevó a Pericles a querer estar en la foto de mármol que esculpía Fidias.