No resulta fácil, para un lector trajinado, encontrar un relato que despierte en las primeras líneas una espontánea sonrisa que no te abandona hasta el punto final, doscientas y pico páginas más adelante. Esto me ocurrió hace unas semanas con la novela El fin de una expedición sideral, de un autor del que todas las referencias en Internet afirman que es “poco conocido” y que para mí era desconocido por completo: Benigno Bejarano. La noticia del autor y de sus varias obras me llegó a través de su sobrina, Mertxe Antona, al término de un modesto seminario sobre literatura del Holocausto al que asistimos el pasado octubre en la Biblioteca Pública de Barañáin, y es que Bejarano fue asesinado (gaseado, exactamente) en el campo de exterminio nazi de Neuengamme. El contraste entre este final espantoso y el humor delirante y jovial del juguete literario que es su novela sideral, en la que narra un disparatado viaje de ida y vuelta a Marte, produce en el lector un irreprimible sentimiento de pérdida, no ya solo de una vida humana y de una voz literaria –pérdidas acrecentadas por la preterición posterior del autor y su obra- sino de un modo libre y esperanzado de entender la existencia y el mundo, antes de que se abatiera sobre aquella generación la noche y la niebla. Bejarano, autodidacta, hijo de una familia campesina de Extremadura, periodista desde la adolescencia, representa bien la eclosión que registró España en el primer tercio del siglo pasado, cuando el proletariado quiso apoderarse de los instrumentos de la cultura burguesa para construir una sociedad más libre e igualitaria. En su obra se encuentran materiales del candente volcán literario de su época que también inspiran la nuestra: el surrealismo y las vaguardias, la naciente ciencia ficción, el folletín y el periodismo político, tejidos con un sutil sentido del humor que en ocasiones depara al lector encuentros desopilantes. Fue un escritor comprometido, afecto al pujante anarcosindicalismo español de la época, y sus escritos políticos, en los que no abandona la especie de ironía congénita que parece inspirar en todo momento su pluma, destilan lealtad a la causa y clarividencia ante los hechos. Son prosas de asombrosa actualidad, no tanto por las circunstancias que relata cuanto por la familiaridad que su estilo y su punto de vista encuentran en el lector. De entre las obras de Bejarano que he podido leer, Enviado especial es una sátira sobre el oficio del periodismo y la formación de la opinión pública en nuestras sociedades de democracia industrial que puede ser leída ahora no solo con provecho sino con gratitud. Mertxe Antona está empeñada en su publicación; ojalá tenga suerte y lo consiga.