Tengo en mis manos La gallina ciega, el diario del viaje que hizo el exiliado Max Aub a España en 1969. El libro no es una novedad pero hoy lo he reencontrado en la última edición en rústica de Visor. “He venido, pero no he vuelto”, dijo Aub al desembarcar en el aeropuerto desde su otra vida en México. ¡Como si se pudiera volver a alguna parte! La vida es siempre un viaje de ida. El libro está escrito con una prosa urgente, punzante, y es una diatriba contra el país que encontró en el borbor del segundo franquismo, cuando la sociedad empezaba a emerger de la interminable penuria de la postguerra. Eran tiempos a la vez eufóricos y ratoneros, a la manera que hemos vuelto a experimentar durante la reciente burbuja del ladrillo. La naciente progresía española de la época acogió al escritor como a una reliquia y lo llevó de aquí para allá en una zarabanda de reuniones, recitales, cenas y encuentros en los que no conocía a nadie y nadie le conocía a él. Aub y sus interlocutores estrechaban las manos, hacían comentarios, se deseaban venturas, apalabraban citas, como fantasmas que habitan mundos distintos. Lo que el escritor veía a través de la ventanilla del taxi era el estrepitoso país del seiscientos, las colas en los cines de la Gran Vía (entonces avenida de José Antonio) y a la entrada de Galerías Preciados, la mirada irreconocible de los madrileños, que delataba su propia invisibilidad. Nada había que le recordara aquel Madrid republicano que ayudó a defender con la pluma y con el fusil. La gallina ciega es un libro sobre la extrañeza y el extrañamiento, sobre la irrepetibilidad de la historia, sobre las mutaciones de la realidad, sobre la soledad última del individuo, incluso, o sobre todo, cuando lo elevan a los altares. El azar quiso que el chaval que yo era entonces asistiera a uno de esos encuentros con Max Aub. Fue una lectura de su obra San Juan, organizada en el teatro Fígaro por Nuria Espert. Puedo oír aún la voz tremolante de Aub, rugosa de erres francesas, que recitaba este drama de la deportación y del exilio, pero mis ojos no podían apartarse de las piernas de la Espert, enfundadas en medias negras y liberadas por una vertiginosa minifalda de la época, y mientras en el aire de la reunión desfilaba la danza de la muerte que había asolado Europa y de la que nuestra generación no sabía ni una palabra, mi atención estaba cautiva de un desvarío erótico. Los amigos que habíamos asistido a la velada del Fígaro leímos La gallina ciega unos meses después, en la primera edición mexicana, Recuerdo el vehemente cabreo de Juan Gómez Saavedra porque el desdeñoso Aub no mencionaba que le había presentado su versión de la Numancia de Cervantes con la esperanza de recibir el espaldarazo del maestro. ¿Dónde estará ahora mi amigo Juan Gómez? Qué confuso es todo y qué acertado el título del libro. La gallina ciega.
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