Todo indica que hay en marcha una conspiración (consenso, se llamó antaño) de los líderes políticos para deflactar la campaña electoral y convertirla en una experiencia incolora, inodora e insípida, lo menos traumática posible, para ellos, en primer término, y para el sufrido pueblo por el que tanto se desvelan, por último. La deflación política es congruente con estos tiempos de deflación económica, en la que el único riesgo es que la empresa te mande a casa y de seguido, el banco que es dueño de la empresa te eche de casa. Pero eso, como todo lo demás, ocurrirá después de las elecciones. Entretanto, relájense y disfruten viendo a Rajoy comentar partidos de fútbol, a Sánchez haciendo zumitos de frutas en casa de Bertin, a Rivera en todas las salsas, como dios y el perejil, y a Iglesias, de aquí para allá como el capitán Ahab a la caza de Moby Dick, y a ver si no termina igual que la novela. La campaña electoral como despiste no es un invento de ahora mismo; de hecho, fue una tolerable convención desde el nacimiento mismo del sistema político que nos gobierna. Pero las circunstancias hacen que el despiste actual resulte chirriante. Todo el mundo cree saber que estamos a las puertas del Apocalipsis –guerra internacional contra un enemigo invisible, independencia de Cataluña, derribo del estado del bienestar, ignota reforma constitucional y menudencias como la corrupción en los partidos o la quiebra de la caja de pensiones-, así que nuestros bienamados líderes se han puesto a hacer el chorra para no dejarse llevar por el pánico. El resultado es El jardín de las delicias de El Bosco: un cuadro más intrigante que amenazador y más ameno que pavoroso. Todos los candidatos, y Rajoy por supuesto, han aprendido del error de este último, que se dedicó a un frenético incumplimiento de su programa electoral apenas le obsequiamos con una confianzuda mayoría absoluta. La mejor manera de cumplir un programa es no tenerlo, y, si se tiene, no hacerlo público. Después de todo ya hemos aprendido que aquí gobiernan, los mercados, los corruptos, los yihadistas, los franciscanos de la CUP, Hollande, Merkel y, denle tiempo, Darth Vader. Pero hay más. La campaña electoral era el único periodo en que se podía ver el sudor en la frente de los políticos. Trabajaban, no ya como posesos, que es poco decir, sino como contratados después de la reforma laboral de Fátima Báñez. Hasta que, zas, han encontrado la fórmula para escaquearse aprovechando las oportunidades de la faramalla catódica y cibernética que nos envuelve a todos, y ahí están, mimetizados con el paisaje civil, aficionados al fútbol, cocineros domésticos de ocasión, bailones de discoteca, rendidos participantes en un talk show, en resumen, haciendo lo que hace todo el mundo, menos trabajar porque sería incongruente y escandaloso en un país de desempleados.