Vivo en una provincia donde no es infrecuente que alguien te diga: yo no soy español. En cierta ocasión, un amigo se quejaba de que no sabía cómo pasar el tiempo que le dejaba la jubilación; otro le sugirió que lo emplease en alguna actividad recreativa y a la vez útil para ejercitar la cabeza, por ejemplo aprendiendo inglés. La respuesta del aludido fue casi colérica: ¡no he aprendido mi lengua materna y voy a aprender inglés! Por supuesto, la lengua materna, en este caso, no era la que recibió de su madre y en la que estaba hablando con toda propiedad sino la de la entidad étnica, por decirlo de algún modo, a la que presuntamente pertenecía. Lengua que, por cierto, hubiera podido aprender de haberlo querido. Pero ahí estaba la frustración patriótica para explicar lo que no era más que una carencia personal. Uno de los rasgos del nacionalismo es su doloroso ensimismamiento. Doloroso también para los demás. Debe ser terrible levantarse cada mañana creyendo ser algo que no eres. Gregor Samsa convertido en un insecto mientras la realidad alrededor no ha cambiado y los otros te miran con extrañeza desde una normalidad que no compartes. Los demás somos españoles (o lo que corresponda) por eliminación, porque no podemos ser otra cosa, para decirlo con la feliz acuñación de Cánovas del Castillo, que reduce la conciencia nacional a sus circunstancias y exonera al ciudadano de la carga, y de la impostura, de ser un patriota. Las circunstancias son propicias a la negociación porque pueden cambiarse pero la identidad no. Idéntico, como su nombre indica, es lo igual a sí mismo, es decir, el reflejo en el espejo, la soledad absoluta, que se viste de toda clase de aderezos y ropajes: agravios históricos, teorías raciales, etcétera, una sobreactuación que nunca consigue llenar el hueco, pero que de inmediato se convierte en una fuente de trampantojos y complicaciones para propios y ajenos. Es lo que ha ocurrido en Cataluña. ¿Cuántas veces no hemos oído estos días dislates como que aspiran al estatus de Kosovo o que están esclavizados? ¿De verdad quieren ser kosovares? Tampoco sería raro. Hacer algunos años, otro tipo de mi provincia puso a las islas Feröe como ejemplo del ejercicio de autodeterminación de un país de la UE (Dinamarca, pero las Feröe quedaron fuera de la Unión). “Están locos estos romanos”, exclaman en cada viñeta los nacionalistas Astérix y Obélix, pero hay razones para pensar que los locos son los habitantes de la aldea gala, que incluso creen que tienen una pócima mágica.
Entradas recientes
Comentarios recientes
- ManuelBear en Nombres delirantes, lenguaje triturado, realidad mutante
- Rodergas en Nombres delirantes, lenguaje triturado, realidad mutante
- Casandro en Crónica de la España hueca
- M. en El sol no sale siempre
- Rodergas en El desfile de los necios
Archivos
Etiquetas
Alberto Nuñez Feijóo
Albert Rivera
Brexit
Carles Puigdemont
Cataluña
Cayetana Álvarez de Toledo
Ciudadanos
conflicto palestino-israelí
coronavirus
corrupción
Cristina Cifuentes
Donald Trump
elecciones en Madrid
elecciones generales 2019
elecciones generales 2023
Felipe González
Felipe VI de Borbón
feminismo
Gobierno de Pedro Sánchez
guerra en Gaza
independencia de Cataluña
inmigración
Inmigración en el Mediterráneo.
Inés Arrimadas
Irene Montero
Isabel Díaz Ayuso
Israel
Joe Biden
José María Aznar
juan Carlos I de Borbón
Mariano Rajoy
Pablo Casado
Pablo Iglesias
Partido Popular
Pedro Sánchez
poder judicial
Quim Torra
referéndum independentista en Cataluña
Santiago Abascal
Ucrania
Unidas Podemos
Unión Europea
Vladimir Putin
Vox
Yolanda Díaz