Dos rasgos distinguen a las llamadas ciencias humanas y sociales. Uno, que son inexactas, y sus premisas, métodos y conclusiones varían con frecuencia y al albur de circunstancias inexplicadas. Son ciencias líquidas, para decirlo con el epíteto que puso de moda hace un par de décadas el astuto sociólogo Zygmunt Bauman. El segundo rasgo distintivo es que se dedican a indagar precisamente lo que hay de inhumano y asocial en el comportamiento de los individuos de nuestra especie: los instintos, las querencias, los automatismos, las rutinas, los camuflajes; en general, las pautas de comportamiento que nos hacen homologables como protagonistas de un documental de fauna en La 2. Los sondeos preelectorales son un producto muy elaborado de esta clase de ciencias recreativas. Están amasados con materiales del pasado y se proponen predecir el futuro. Los destinatarios son los miembros de la clase política, cuyos jugos glandulares se excitan o deprimen según sean los resultados del sondeo. En este sentido, las encuestas se confunden con la práctica clínica. Los políticos las aceptan o rechazan según les guste o no el sabor de la píldora, lo que otorga cierto marbete de profesionales independientes a quienes la han elaborado. ¿Y cómo se fabrican? Pues como todo en la industria de la farmacopea, a partir de una materia prima –la intención directa de voto declarada- que pasa por un proceso de elaboración, llamado cocina en la jerga, donde este impulso bruto y primario se trata con diversos ingredientes que están en el comportamiento del encuestado aunque él parece no saberlo, y que revelan sus verdaderas intenciones ante la urna, con un margen reconocido de error que es análogo al del médico cuando aventura el tiempo de vida que le queda a un enfermo terminal. Usted y yo somos parte de la materia prima de los sondeos demoscópicos y usted no sé, pero yo escruto las tablas y diagramas buscándome a mí mismo y, como en un juego de espejos, unas veces creo verme y otras he desaparecido. Soy un fantasma político (una categoría que no imaginó Aristóteles). Así que me examino a mí mismo: un ciudadano si no ejemplar, al menos decente. Pago mis impuestos, no me salto los semáforos en rojo, etcétera, y llevo votando desde 1977 en todas las elecciones con mi DNI en regla. Pues bien, puedo decir sin temor a equivocarme que no ha habido ni una decisión importante del gobierno que se haya hecho con mi voto a favor y a menudo se ha hecho con mi voto en contra, desde el decreto de la reforma política de Suárez y la permanencia en la OTAN hasta la última reforma constitucional de sometimiento a los mercados; nunca he votado a un partido de corruptos, de derecha o de izquierda, ni tampoco he caído en la tentación de seguir las consignas electorales del brazo político del terrorismo en mi tierra. En alguna ocasión, para salir de este asfixiante embrollo, he dado mi voto al partido canábico. Busco en el paisaje del sondeo preelectoral y no encuentro mi casa. ¿Soy un forajido?