La recuerdo en los tonos grisáceos, brumosos y remotos de la televisión de la época: aquella multitud alienada de gentes de toda edad y condición, que blandía banderas y entonaba cánticos mientras hollaba lo que parecía menos un país que un desierto. La tierra prometida: un mito semítico de pueblos nómadas. La marabunta, la llamaron los españoles. Y recuerdo que me alegré de que el gobierno español decidiera abandonar el Sahara Occidental sin enfrentarse a ella en una guerra neocolonialista, sucia y vergonzante, como la que mantuvo veinte años atrás en un territorio vecino, Ifni. Entonces, el gobierno y la sociedad estaban enfrascados en la crisis interna del ocaso de la dictadura y la desaparición de los pintorescos saharauis, que a mí me parecían tuaregs de una novela de Karl May, de los escaños de las cortes franquistas, a la vez que desaparecía aquel opresivo armatoste, era un motivo de optimismo. El franquismo siempre estuvo envuelto en veleidades colonialistas en África, aunque fueran imaginarias, y la marcha de los marroquíes nos había librado por vía de los hechos del último vestigio de este delirio. Luego, cuando se disipó la tormenta de arena, supimos que lo que había ocurrido fue la ocupación de un territorio al que retirada de la potencia administradora convirtió en presa para los afanes expansionistas del reino vecino, que lo hizo suyo a costa de los derechos políticos de sus habitantes, convertidos en súbditos de un estado que no aceptaban. La Marcha Verde fue una operación colonialista en clave de descolonización y así seguimos. Las voces, escasas, que defendían el derecho de autodeterminación de los saharauis, reconocido por la ONU, se apagaban bajo el peso la realidad política. La república saharaui devino un objetivo imposible, la lucha armada contra el nuevo poder se hizo crónica y políticamente inoperante, y el mismo pueblo saharaui se vio fracturado en sus lealtades entre el frente polisario y el rey de Marruecos. El tiempo ha corrido a favor de éste. No solo consiguió entonces galvanizar a la opinión pública del país a favor de esta operación anexionista sino que hoy es quizás el único punto de la agenda interna que goza de unanimidad absoluta de todos los partidos marroquíes. A su turno, España sigue presa del reino alaui en numerosas cuestiones clave de su propia agenda -Ceuta y Melilla, inmigración, amenaza yihadista, tráfico de drogas, etcétera- como para hacer cualquier movimiento que pudiera agitar el dormido avispero saharaui. Rajoy, que viene mostrando un notable instinto para comprender lo que la política tiene de geológico, ya sentenció hace quince años sobre el conflicto del Sáhara Occidental: “Eso no tiene solución”. Lo que quiere decir que tiene la solución que le dio hace cuatro décadas Marruecos.
P. S. Esta reflexión quiere ser un homenaje a todos mis compatriotas que, contra viento y marea, han mantenido estos años la solidaridad con el pueblo saharaui exiliado en los campamentos del Tinduf y especialmente a mis amigas de Anarasd, que con admirable lealtad a esta causa solidaria vienen aprovisionando de ayuda sanitaria y educativa a estas gentes alojadas en la intemperie, geográfica y política, del desierto.