La Casa de Correos de Madrid se erigió en las primeras décadas del siglo pasado, en una época de bonanza económica, para albergar la central de comunicaciones del país. Es un edificio modernista, de líneas rectas y ornamentadas, como un castillo escurialense de fantasía (que lo distingue de las líneas curvas y voluptuosas del modernisme catalán, lo que comento para dar un toque de actualidad a la descripción). Un siglo después, en otra época de bonanza, el servicio de correos se pone en manos de una empresa necesitada más de beneficios que de ostentación y el edificio se convierte en un híbrido de sede del ayuntamiento, centro de exposiciones y galerías diversas para matar el rato. Una de las herencias más conspicuas del reciente y malhadado pelotazo del ladrillo son los espacios arquitectónicos de uso público vacíos. No solo aquellos, más obvios, que no han llegado a entrar en funcionamiento -polideportivos, aeropuertos, etcétera- y se muestran como un fósil de mal fario antes de su improbable inauguración, sino los que, aun en uso, exhiben su abusivo gigantismo en atrios y vestíbulos desmesurados, corredores y escalinatas imperiales, y estancias inabarcables que, en el mejor de los casos, alojan unas mesas de funcionarios en un rincón o una exposición de arte precario en una pared. Si son edificios de nueva planta quiere decir, formas lineales, volúmenes geométricos y materiales duros y hostiles. Si son restauraciones, la intervención consiste en vaciarlo dejando a la vista, aquí y allá, un fragmento de muro de sillería, una metopa o cualquier otro elemento del edificio original. Hace treinta años, acudía a los servicios de correos de la Cibeles y aquello era un hormiguero de individuos afanados en sus negocios postales; el otro día, el edificio estaba a merced de un puñadito de curiosos que queríamos tirar unas fotos desde la terraza. Palacios, no reales sino abstractos, que tanto valen para albergar un servicio municipal con sus funcionarios distraídos y su utillaje de ordenadores parpadeantes, una exposición de arte tentativo o un mercadillo de ropa de segunda mano y buena voluntad. Para el primer uso, el edificio es desapacible; para el segundo, episódico, y para el tercero, indecoroso. Es una arquitectura funcionalista completamente disfuncional en la que rasgo más notorio es el contraste entre el contenedor faraónico y la poquedad de los usuarios que lo visitan, tanto en número como de condición: vecinos en busca de un certificado o de una licencia, turistas sobrevenidos en busca de entretenimiento; jubilados en busca de un lugar caliente para leer el periódico; consumidores menguados en busca de un artículo de oportunidad…, hilachas de una sociedad descabalada y a la postre desaparecida. Probablemente, nada ilustra mejor la famosa desafección hacia las instituciones que el vacío en el que vagan estos personajes mínimos y transitorios dentro de una palaciega burbuja de piedra y cemento.
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