Vuelta de la fiesta nacional y nos encontramos en el buzón con el informe de la Comisión Europea, que es como encontrarse con un aviso de multa por exceso de velocidad a la entrada de Segovia. Todos sabemos lo que dicen los avisos de multa y los informes de la Comisión Europea. Un mal rollo. La multa que manda la DGT hay pagarla, a ser posible sin recargo, y el informe que viene de Bruselas también, a ser posible antes de que Standard & Poors nos rebaje la calificación. Vivimos enrocados en tradiciones que no detienen el progreso, ese concepto tan antiguo y de repente tan hostil. La cabra de la legión, la ofrenda a la virgen del pilar y la paella en el chiringuito de la playa parecen gratis, como ayer la entrada al museo del Prado, pero de vuelta a casa, el salario es un poco más bajo, el desempleo se prolonga unos días más, la pensión se acaba antes, la beca de la hija no llega y las multinacionales se han llevado los beneficios a un paraíso fiscal. Tiempos aquéllos en que salías de casa tocado con un cachirulo, una peineta o un gorrillo cuartelero y a la vuelta las cosas estaban donde las habías dejado. Ahora no aguanta la resaca de la fiesta ni el optimismo económico de Rajoy. Sale del despacho insonorizado para asistir al desfile (que él mismo calificó, en memorable ocasión, de coñazo) y al besamanos de los reyes, y, después de tragar con que los aduladores llamen presidente a ese chavalito nuevo que anda por ahí, a la vuelta se encuentra hecho trizas su principal argumento electoral. El jarrón Ming de su relato como jefe del gobierno. A ver, ¿quién ha hecho esto? Moscovici, le apuntan, ese tipo con nombre de contrabandista centroeuropeo de novela policíaca de los años treinta. Y encima, ahí vienen los catalanes camino del juzgado, firmes, erguidos y en formación cerrada. Solo les falta la cabra de la legión. Qué afición la de estos burgueses por la épica. Carallo, estamos rodeados. Definitivamente, esta fiesta es un coñazo.