La crisis económica que ha sacudido hasta los cimientos del país tuvo su epicentro a extramuros, pero la arquitectura ahora semi derruida era de fabricación casera. Las instituciones del estado, los modos de gobernanza, el modelo productivo, incluso el relato de lo ocurrido, son castizos al ciento por ciento, y vienen de lejos. Esta es la razón de que el maremoto arroje a la playa restos de los galeones de antaño: Felipe González y José María Aznar. Ambos con las velas henchidas de autosatisfacción, como si estuvieran disponibles para una nueva singladura. El primero, orondo, bronceado, paternal, anda en entuertos al otro lado de la mar océano mientras dispensa aquí y allá consejas a sus herederos. El segundo, hirsuto, engallado, resentido, se postula para protagonizar un golpe en su propio partido. Es sabido que fueron los efectos de la radiación nuclear sobre Hiroshima los que despertaron a Godzilla de su sueño mineral. Así que podemos hacernos una idea del cataclismo que ha zarandeado a la sociedad española cuando asistimos al retorno de los líderes del Jurásico. Las listas electorales cerradas y bloqueadas, la redes clientelares, las financiaciones ilegales de los partidos, la politización de la justicia, la colonización partidaria de los organismos públicos, el saqueo de las cajas de ahorro, el capitalismo de amiguetes, la sumisión a las oligarquías financieras, es decir, las paredes maestras del régimen constitucional de 1978, que ahora se han desplomado sobre nuestras cabezas, son obra suya. Cuando despertó, el dinosaurio aún estaba allí, y nunca mejor dicho en este caso. En los países democráticos que fingimos admirar, los dirigentes lo son durante el periodo para el que han sido elegidos. Después, no importa lo exitoso o frustrante que haya sido su mandato, se retiran a la vida privada y dejan la labor en manos de los que les suceden, y el juicio sobre su ejecutoria, a los historiadores. Pero aquí, republicanos abortados y monárquicos vergonzantes, nadie está nunca lo bastante colmado de honores ni se ha cansado jamás de oír su propia voz. Para los jefes de los grandes partidos, como los patriarcas bíblicos o los caciques decimonónicos, la política es un patrimonio y, si las urnas les invitan al retiro, dejan tras de sí validos y segundones al cuidado del negocio y una tupida red de intereses y expectativas que creen que pueden activar a su servicio en cuanto se lo propongan mientras se imaginan presidiendo su propio funeral de Estado.
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