Hasta el más incompetente y descuidado departamento de servicios de sociales del más desatendido de los estados modernos habría calificado de disfuncional a la familia del chico nazareno, lo que llamábamos en nuestra infancia la sagrada familia: un trío en el que la madre ha sido fecundada por un espíritu, un padre putativo que no aparece en ninguno registro familiar y un hijo fantasioso, acompañado de un puñado de descontentos, que han dejado a sus propias familias para dedicarse al vagabundeo y eventualmente a la pequeña delincuencia, hasta que se toparon con la autoridad competente. Si no fuera por las aflictivas circunstancias en que conocimos esta leyenda, podría ser un pasable guión de cómic. En estos tiempos, el chico habría sido apartado de su familia en cuanto se presentó ante los doctores del templo y alojado en una institución de acogida de menores, que siempre es un mal trago pero sin comparación con morir crucificado después de que te hayan tundido a latigazos, como hacen nuestros socios de Arabia Saudí. Sin embargo, los seguidores de este infeliz muchacho han levantado sobre la memoria de su disfuncionalidad el mayor tinglado de poder que han conocido los siglos. Ellos mismos son disfuncionales. La biografía promedio de estos personajes adornados con ostentosos y arcaicos atavíos se puede resumir así: nacidos generalmente en el seno de las clases bajas, fueron arrancados de sus familias naturales a edad temprana para ser internados en instituciones cuartelarias habitadas por una indiferenciada masa de individuos de su misma condición y sexo, al que se vieron compelidos a renunciar para dedicarse al estudio de los mecanismos del control de la mente de los que serán sus fieles, conocidos en su jerga como ovejas. La renuncia al sexo, el celibato, significa ocluir la fuente misma de la vida, que es por definición proteica, y el origen de las familias, que no son otra cosa que las estructuras de parentesco que adopta cada sociedad para organizar la vida de acuerdo con pautas de supervivencia y fortalecimiento del grupo y de bienestar de sus individuos. Pues bien, ahí tienen a los ancianos disfuncionales reunidos para hablar de la familia que abandonaron para salvarse a sí mismos. Y aun dicen que están enfrentados, entre el dicharachero porteño y los que hablan un resentido y hermético latín. Quizás crean que están hablando de las familias cuando hablan del sexo de los ángeles.
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