Barullo en mi barrio. Orquestinas y desafinados grupos musicales en cada bocacalle y establecimientos comerciales, no todos, abiertos pasadas la diez de la noche y poblados de un público que, notoriamente, no está ahí para hacer compras sino por la atracción de la fiesta. Peatones curiosos y desconcertados, y podemos imaginar que vecinos en sus casas maldiciendo el ruido que no les deja dormir u oír la tele (aunque, en materia de polución acústica, ya deben estar acostumbrados por las inclementes campanas de la iglesia parroquial). Para entender la anomalía de este festejo inesperado hay que saber que mi barrio es durante el día el patio de recreo de un geriátrico y por la noche un geriátrico propiamente dicho, silencioso y fugaz como la vida de un viejo. Ayer se celebraba, según entendí, una fiesta promocional del comercio, y los organizadores quisieron convertir la zona en un zoco, para lo que nuestro estirado vecindario tiene poco estilo, qué le vamos a hacer. Una ocurrencia de mercadotecnia que prefiere ignorar que la suerte del comercio depende de las disponibilidades del bolsillo, que son las que son con la que está cayendo. Si un sociólogo quiere observar sobre el terreno el efecto de la crisis en la clase media tradicional, tiene que venir a mi barrio, un ensanche de la postguerra de arquitectura entre mediocre y nacional-católica, habitado desde entonces por una pequeña burguesía ascendente, que tenía de su lado a los vencedores y que ahora muestra un vecindario envejecido al que el cambio climático le impide exhibir el abrigo de visón. La alcaldesa precedente, conspicuamente votada en estas calles, hizo creer que la arteria principal sería la Milla de Oro de la ciudad, para lo que adoptaron todas las medidas de cemento previsibles –aparcamientos subterráneos, calles peatonalizadas, bancos y jardineras en los cruces, etcétera- a la espera de que los inversores, (¿se acuerdan de esa figura tan simpática?) quedaran deslumbrados por la oportunidades de negocio que se abrían en la zona. Pues bien, el resultado ha sido un espacio atrozmente promiscuo en el que se entrecruzan nerviosamente peatones, camionetas de reparto, vehículos particulares que circulan en primera, ciclistas silenciosos y emprendedores, cochecitos de niño y sillas de inválidos que no siempre encuentran expedito el acceso, en un damero de pasos de cebra, espacios de juego infantil y terrazas de cafetería, escoltado por un comercio volátil, en el que desaparecen los establecimientos tradicionales que dieron carácter al barrio para dar lugar a otros anodinos y asombrosamente transitorios. Esto es lo que celebrábamos ayer, al parecer.
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