Érase un país que recibía todos los dones del cielo en forma de inagotable lluvia solar pero extraía su riqueza y buscaba su destino en el barro negro de las entrañas de la tierra. Así podría empezar un cuento de Las mil y una noches pero hablamos de Arabia Saudí. Un país real y un estado reconocido que se nos presenta en un violento contraluz, como cuando se enfila un túnel al caer la tarde, que nos deja ciegos. Un país poblado por nómadas inquietos, fortificados tras murallas de arena, que sueñan con que el paraíso está en otra parte, mientras no cesan de acumular riqueza y dispensar petróleo e ideología: la energía que nos sirve para sostener la base material de nuestra sociedad y los tóxicos que aspiran a destruirla. Un país feudal al que rinden pleitesía todas las democracias del mundo. Un estado esclavista al que reverencian los hombres libres. Una nación de príncipes sin ciudadanos. Una sociedad de consumidores de lujo. Un conglomerado de tribus del que las repúblicas democráticas se sienten orgullosas de ser sus aliadas. Un mundo que aspira a un universo sin mujeres libres. Un poder que pastorea a millones de creyentes y deja que mueran por centenares en la devoción y maten por miles en la guerra. Un país que vive entre el estado sólido de las rocas y la arena y el gaseoso del cielo y el aire, donde no hay agua, de la que nace la vida, y está ausente el estado líquido, que la difunde y la multiplica. Un país, en fin, bueno solo para el estupor y los negocios. Bien, en este lugar, las autoridades van a decapitar y después a crucificar a Ali Mohammed Baquir-al Nimr, un menor cuando fue detenido, condenado por delitos de manifestación contra el gobierno, agresión a la fuerza pública, posesión de una pistola y robo a mano armada. Ni siquiera está acusado de delitos de sangre. Ali Mohammed fue arrestado en 2014, cuando tenía 17 años, y conducido a una prisión de la Dirección General de Investigación donde se le obligó bajo tortura, según su testimonio, y sin asistencia letrada a firmar el acta de reconocimiento de su culpabilidad. El caso tiene un componente de discriminación religiosa pues el joven es chiíta, sobrino de un famoso jeque de esta corriente minoritaria del Islam, muy crítico con la monarquía que gobierna el país. A día de hoy, la defensa del joven ha agotado todas las apelaciones y la sentencia puede cumplirse en cualquier momento. En este país opaco y en otros de su entorno, tan opacos como él, nos estamos jugando una buena parte de nuestro futuro.