El nacionalismo se guía por dos vectores que, en periodos de agudización de la crisis, discurren entrelazados, como en la teoría de cuerdas. Por arriba opera la voluntad de las élites del país de dominar sin competencias indeseadas un territorio y una población y, por abajo, la necesidad del pueblo de asentarse en una plataforma identificable y segura, de rasgos familiares y manejables para la imaginación. Ambas fuerzas necesitan los nutrientes del pasado: los de arriba, para extraer la legitimidad de la acción que han emprendido; los de abajo, para encontrar el consuelo de la tradición. El nacionalismo es el intento más serio que realizan las sociedades para contener el tiempo en el espacio. Es un proceso que, en ciencias, se llama fosilización y en la naturaleza es muy dilatado  pero que puede acelerarse mediante un acontecimiento extraordinario, el choque de un meteorito o unas elecciones plebiscitarias que nos separen del continente. La mala noticia es que el referente inmóvil, el pasado, también se mueve. Los fósiles hablan, gesticulan y están encantados de salir del lecho de arcilla donde dormitaban y conocer gente nueva con la que conversan y a la que cuentan su vida con hambre de náufrago. Una de estas conversaciones inteligentes ha llevado a la antigüedad de los vascos, que de repente se ha visto reducida a un miserable lapso de cinco mil años. Vamos, que no estaban ahí el séptimo día de la creación, como creía aita Barandiaran. Cinco mil años no es abolengo ni es nada. Y, al parecer, están emparentados con los castellanos de Atapuerca ¡lo que faltaba! Sé de una familia catalana, propietaria de una finca morrocotuda con capilla románica y todo, que declara una antigüedad que se remonta a Guifré el Pilós. Lo dicen como de pasada pero mirando por encima del hombro a los Pujol, Mas y demás parvenus. En esa medida del tiempo, los nacionalismos que nos fatigan pueden considerarse juveniles, una enfermedad infantil, para decirlo con las palabras del otro. Una de las actividades culturales más conspicuas del nacionalismo moderno ha consistido en subir montañas y buscar fósiles para atizar con ellos al vecino. Pero fósiles hay por todas partes ya que corresponden a cuando la tierra no tenía fronteras, y ahora, con las técnicas de investigación genética, viajan más que los refugiados a los que no queremos en casa y cuyos ancestros, vaya por dios, coinciden con los nuestros porque la población primitiva de la Península Ibérica se formó de migraciones procedentes de Oriente Medio, según los mismos fósiles aguafiestas. Hasta aquí lo que sabemos, que no es nada para lo que aguantamos.