Confieso que no creía en la victoria de Syriza en las elecciones griegas. Me he dejado arrastrar por el desatendido seguimiento de la campaña que han hecho los medios españoles y me pareció lógico el empate con la derecha de Nueva Democracia que pronosticaban los sondeos publicados. Pero, si todo en la política se ha vuelto falible y disfuncional, ¿por qué no habría de afectar la crisis también a las empresas de demoscopia y a sus productos? Al final, todos los agentes que participan en la acción de gobierno, el gobierno mismo, las factorías de ideas, las instituciones parapolíticas, los medios de comunicación, los sondeos, conforman una jungla en la que no puedes distraerte ni un momento sin riesgo a ser víctima de un alacrán o de una boa constrictor. Estos peligros son tan familiares que terminas creyendo que la jungla es tu hogar y ni siquiera piensas que han hecho de ti un pigmeo selvático. En las previsiones sobre Grecia nos guiamos por el principio de Pavlov, que, aplicado a la política, quiere decir que la ciudadanía se mueve por actos reflejos ante los estímulos exteriores y, después del brutal varapalo que los amos de la Unión Europea infligieron a Tsipras en la negociación del último rescate, y que fue convenientemente vendido a la opinión pública como una derrota de este osado izquierdista, parecía lógico que el perro o la rata del experimento optara por una salida más acomodaticia y votase al partido más dócil a las exigencias de la patronal que gobierna Europa. El eurogrupo, la troika, el FMI, los mercados o quien demonios sea el Leviatán que gobierna nuestras vidas tiene un repertorio escaso y contundente de medidas para recompensar o castigar nuestros impulsos hasta conseguir los que son convenientes para sus intereses. Subvenciones o recortes. Préstamos libérrimos o rabiosas reclamaciones de deuda. Nunca sabemos cuándo ni por qué tocan unas u otras porque, de saberlo, el experimento no funcionaría. Así que en cada ocasión, la ciudadanía tiene que hacer una elección “racional” sobre datos que desconoce. Este experimento, como cualquier otro del ámbito científico, tiene que hacerse en condiciones ambientales, numéricas, etcétera, tasadas para que se dé el resultado buscado. En Grecia algo ha fallado. Las ratas han dejado de ir alocadamente de un lado a otro del laberinto, lo que también se conoce como bipartidismo, y se han visto a sí mismas como lo que son, no inversores, ni consumidores, ni contribuyentes, ni, si me apuran, ciudadanos, sino material de laboratorio. Es la pesadilla de todo científico: la rebelión de las cobayas.