Hay mujeres excepcionales por cuya cama pasa, no el tiempo, que es un trance del común que puede medirse con el calendario, sino algo más excelso: el espíritu de la época. En el siglo pasado, Alma Mahler fue sucesivamente esposa y/o amante de, Gustav Klimt, Alexander von Zemlinsky, Oskar Kokoschka, Paul Kammerer, Gustav Mahler, Walter Gropius y Franz Werfel. Si quieren entrar en detalles, consulten la Wikilpedia pero puede decirse sin error que toda la cultura centroeuropea del primer tercio del siglo se arrebujó entre las sábanas de Alma Mahler. De Marilyn Monroe se decía que solo quería hacerse acompañar por el mejor y así fue con el mejor jugador de béisbol, el mejor dramaturgo del país, el más destacado actor francés y el presidente de Estados Unidos más sexy de la historia, por citar algunos. Estas mujeres reinan en un ámbito del deseo en el que solo compiten hombres que han llegado a la cúspide impulsados por un talento y una competencia excepcionales en su oficio y que, por alguna exigencia de su vanidad o de su libido, necesitan verse recompensados con un trofeo que no pueden alcanzar por propios méritos porque su conquista depende de la cesión voluntaria de sí mismo que haga el trofeo. Es como si todo el desasosiego y el esfuerzo acumulados por el hombre para conseguir sus metas existenciales solo tuvieran sentido si puede reposar la cabeza en el regazo de la ansiada dama o, al menos, llevarla del bracete al baile parroquial. Qué romántico. En España, donde a menudo no sabemos apreciar el talento doméstico, tenemos un poderoso icono femenino de la cultura de la Transición, titilante desde la ya remota dictadura y que ha conservado su fulgor intacto hasta la democracia regocijada que ahora vivimos, y cuyo imán ha arrastrado hacia sí a los primeros del podio en cada momento: el único cantante de fama mundial del país, un exitoso empresario vitivinícola, un prominente ministro y banquero y ahora a un premio nobel de literatura, a todos los cuales les ha otorgado un halo glamoroso que no poseían antes por méritos propios. Esta dama, cuyo físico empieza a parecerse al de la Nefertiti del Museo Egipcio de Berlín pero con dos ojos, lleva alquilado desde tiempo atrás su hechizo a una fábrica de azulejos a cuyos actos promocionales se hace acompañar por su actual premio nobel. No es poco culminar la carrera de mejor escritor de novelas decimonónicas del siglo XX (dicho sea con la admiración debida) como embajador de revestimientos de cocina y baño. Podemos imaginar que en esos actos chiporroteantes de sonrisas falsas y flashes de las cámaras, Mario Vargas Llosa piensa en Franz Werfel, en Arthur Miller…, al fin, colegas de oficio. Y hasta aquí hemos llegado.