La quebradura del partido de Alexis Tsipras, la dimisión de este al frente del gobierno y la convocatoria de nuevas elecciones son la vajilla rota en el enfrentamiento de la izquierda griega con la troika, el eurogrupo o como se llame esa quimera que planea sobre nuestras cabezas y vela por nuestro bienestar. Los griegos tienen una larga tradición folclórica de enfrentamientos de héroes con entidades fabulosas, y quizás creyeron que podían repetir con éxito la jugada de Teseo o de Jasón. Se equivocaron porque, en el nuevo Olimpo, el único excedente de cupo son los héroes. Así que Grecia ha puesto en marcha el mecanismo democrático -que, como su nombre indica, es una cosa propia de plebeyos y menestrales- de renovación del gobierno para adecuar a la nación a las exigencias de la quimera. Hace algún tiempo, aunque los griegos parecen haberlo descubierto ahora, que la democracia no es expresión de la soberanía nacional, y mucho menos la plataforma para asaltar los cielos, como dicen los nuestros, sino la fórmula de alcanzar un consenso dirigido a satisfacer las exigencias de los dioses mayores, que, como es lógico, están ahí y no han sido elegidos por ningún mortal porque de lo contrario no serían dioses. Como los precedentes aqueos ante las murallas de Troya, los griegos contemporáneos discuten la estrategia a seguir. Ahora viene un periodo de marrullerías, pactos y puñaladas en sede parlamentaria que ya no se corresponden al periodo clásico sino que proceden de la tradición bizantina. En un destilado exquisito de esta tradición, la derrotada izquierda se fragmenta para constituir la unidad, a la que, según costumbre, ungen con la púrpura del calificativo popular. Lagarto, lagarto. No hay ninguna formación que haya ganado las elecciones con el logo de Unidad Popular, o que no haya sido derrotada a la primera oportunidad e incluso expulsada por la fuerza después de un pequeño periodo de euforia. La única circunstancia en que lo popular gana las elecciones es cuando representa a una impopular elite de afectos a la quimera. Los románticos griegos debieran fijarse en la vecina España, donde han desaparecido los héroes y el gobierno está dirigido por un popular hombre corriente, paradigma del sentido común y que hace en cada momento lo que hay que hacer y, como Edipo, sin saber muy bien lo que hace.