El azar ha querido que, por razones que no vienen al caso, estuviera leyendo el Diario de Ana Frank cuando se ha producido el rechazo de la organización del festival Rototom en Benicàssim (Castellón) a la participación del intérprete norteamericano Matisyahu después de que este se negara a hacer una declaración pública sobre el conflicto palestino-israelí y sobre el derecho de los palestinos a tener un estado propio. La declaración fue instada por el grupo BDS que promueve el boicot a los productos israelíes. Los responsables del festival han perpetrado un abuso al condicionar la participación de un artista invitado a que hiciera una declaración política favorable a sus expectativas, lo cual es una iniciativa inquisitorial que entra directamente en la discriminación por razón de credo. ¿Se imaginan los autores que podría hacerse el mismo requerimiento a todos los participantes en conciertos, festivales y encuentros de coros y danzas sobre la situación de Ucrania, la política de Chávez en Venezuela, el régimen de Arabia Saudí o las prédicas del Vaticano? Y ya lanzados, ¿van a continuar los promotores del boicot su ofensiva contra exhibidores de cine y canales de televisión cuyas programaciones están nutridas casi por completo de contenidos de Hollywood producidos y realizados por judíos norteamericanos en gran medida partidarios de la política de Israel?
Ana Frank y Matisyahu no debieran tener ninguna conexión si no fuera porque de inmediato han saltado voces que han calificado de antisemitismo del boicot del músico. ¿Quiere decirse que lo ocurrido en Benicàssim responde al mismo clima de opinión y a la misma intencionalidad política que selló el destino de Ana Frank? Antisemitismo es, a estas alturas, una tilde multiusos que sirve para bloquear los argumentos a cualquier crítica al estado de Israel y a su política en los territorios ocupados obviando toda la historia que separa a Ana Frank de Matisyahu. Para decirlo con una reflexión del fallecido historiador Tony Judt, también judío, que cito de memoria: ¿hasta cuándo va a sentirse justificado un joven soldado israelí que participa en la expulsión de una familia palestina de su casa en Cisjordania por el hecho de que su abuela fuera asesinada en Treblinka? Dicho esto, los judíos tienen muy buenas razones históricas para alarmarse ante iniciativas discriminatorias como las que ha sufrido el intérprete norteamericano. Y también tendríamos que preguntarnos por las razones de fondo que nos hacen tan específicamente críticos con Israel y su política, que, después de todo, es un producto cien por cien europeo. Fueron los estados y las sociedades europeas los que hicieron imposible la vida de los judíos en su territorio, desde los Reyes Católicos hasta Auschwitz, y fueron los europeos judíos los que adoptaron los métodos colonialistas de sus países de origen para ocupar Palestina. Por lo demás, tampoco sentimos ninguna empatía especial con sus adversarios, como lo prueba el trato que reciben en nuestras fronteras los fugitivos de las malogradas primaveras árabes. En este contexto, pedir un certificado de limpieza ideológica a un músico al que has invitado a tu casa es una broma del peor gusto, que al parecer sus autores ya han intentado reparar.