Lo que llamamos hoy Unión Europea no parece ser más que un agregado de estados nacionales, articulado con mayor o menor fortuna, y enseñoreado cada uno por su elite política doméstica, a la que hemos dado en llamar casta. Es un fenómeno común pero cada país lo colorea con su propio carácter. Hay disponibles valiosas indagaciones que describen el funcionamiento de estas elites en Inglaterra e Italia, por ejemplo, incluso en regiones como esta en la que vivo. Curiosamente, el color local no empaña los vigorosos rasgos comunes que se detectan en todos los casos. La casta es una clase política partitocrática, caracterizada por su reproducción endogámica (cooptación interna, listas cerradas y bloqueadas o sistemas mayoritarios puros) y blindada ante la ley por inmunidad o aforamiento de sus miembros, que coloniza las instituciones del Estado (tribunales superiores, consejos reguladores, organismos de control) a través de nombramientos de afines y extiende sus tentáculos a la economía (empresas públicas, privatizaciones, licencias, normas de competencia). La resultante es una tela de araña que se torna insoportable en tiempo de crisis en el que los beneficios menguantes del sistema despojan a la población de sus conquistas sociales y dejan a la intemperie el funcionamiento del tinglado. El libro de Gian A. Stella y Sergio Rizzo describe el funcionamiento de la vecina clase política italiana con la agilidad y malicia de una película de Alberto Sordi. Las marrullerías, embustes y trapisondas de los políticos italianos no constituyen solo un modus operandi sino un modus vivendi, una estrategia de supervivencia al exclusivo beneficio de sí mismos y los suyos, que, por lo demás son tantos y tan variados que bien pueden considerarse representativos de la sociedad entera. La República italiana se constituyó al término de la II Guerra Mundial con el propósito de crear un régimen parlamentario tentacular contra el peligro de gobiernos dictatoriales como el que acababan de padecer. Este objetivo se cumplió al precio de liberar al genio de la lámpara. Los rasgos característicos de los incipientes partidos (caciquismo, clientelismo, nepotismo, estructura oligárquica, comunidad de intereses, omertà), que en los albores del régimen parecían un mal menor necesario, han engordado y proliferado a la vez que el incremento de los presupuestos públicos, la extensión de las administraciones, el número y complejidad de las normas y la población dedicada a la política. Lo que en origen fue austeridad, ahora es opulencia y despilfarro. Un acuerdo tácito (de Estado, diríamos) obliga a los partidos a no llevar la confrontación entre ellos más allá de cierto punto que ponga en riesgo el sistema. En España, a esta fórmula de complicidad entre iguales la llamamos sin ironía consenso constitucional. Así, las iniciativas parlamentarias y reformas legislativas para atajar la corrupción son siempre, además de parciales, reversibles, bien porque las deroga una legislatura posterior o bien porque llevan ínsito el mecanismo que las hace inservibles. Los partidos son los únicos sujetos políticos que pueden producir en el mismo acto la ley y el delito, y la sociedad todavía no ha encontrado la forma de resolver esta amenazadora dualidad. Descartada la solución dictatorial, para la que afortunadamente no parece haber condiciones, las fuerzas sociales emergentes se enfrentan al dilema de permanecer como un movimiento de protesta, como el M5S de Beppe Grillo, cuyo final no puede ser otro que la irrelevancia o la desintegración, o entrar en el juego parlamentario a riesgo de ser absorbidos por sus múltiples capilares. En Italia, el Partido Socialista de Bettino Craxi y el Movimiento Manos Limpias fueron en su día fuerzas emergentes de apariencia regeneradora. El primero arrastró a la República a un mar de corrupción, del que solo emergieron rozagantes los corruptos más fuertes y alternativos, y el segundo dio paso a Silvio Berlusconi y sus velinas. Ojo con los italianos, Maquiavelo era uno de ellos y en materia política siempre tienen algo que enseñarnos.
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