El corralito es un espacio angosto, cerrado, donde se cultivan o se crían productos agropecuarios o, por extensión, financieros, a beneficio del dueño de la finca, de modo que parece una metáfora apropiada, además de irónica, para describir la estructura sociopolítica, institucional y simbólica de esta isla y así lo ha entendido el periodista Iván Giménez en su reciente libro (El corralito foral: Las tripas del navarrismo: un ecosistema al servicio del capital. Editorial Pamiela, 2015), vivamente recomendable porque es un serio trabajo de investigación y está expuesto con una prosa ágil, resuelta y convincente. Giménez ha descrito a los propietarios del predio, sus linajes, hábitos y mañas, mitos y rituales, y lo hecho con una magnética mezcla de claridad, agudeza y entusiasmo militante. En este sentido, el libro es un síntoma del cambio generacional en marcha, no solo por lo que cuenta y cómo lo cuenta sino también por lo que oculta. Los lectores de este brillante panfleto que ya no cumpliremos los sesenta echamos en falta más amplitud de foco. La comunidad que habita este corralito está formada por varias generaciones de individuos durante un periodo de casi ochenta años (por poner el inicio donde lo pone el autor, en la sublevación militar contra la II República) y desde entonces han experimentado todos los cambios internos e influencias externas que ha traído la historia, en el curso de cual esta sociedad acorralada ha tenido ocasión de tomar decisiones colectivas en al menos dos momentos trascendentales del periodo que abarca el libro: 1936 y 1977 (y, a partir de esta fecha, cada cuatro años). Los resultados están a la vista, y no puede decirse que las decisiones adoptadas no fueran libres en su propio contexto. La tesis subyacente del trabajo de Iván Giménez es una enmienda a la totalidad de estas decisiones históricas, una suerte de invitación a empezar de cero, pero ¿con qué bases?, ¿por qué medios?, ¿hacia qué objetivos? El libro termina antes de responder a estas preguntas.