Lo que faltaba, ahora una niña palestina rompe a llorar ante la canciller Merkel porque el gobierno alemán ha ordenado la deportación de su padre, y en consecuencia de toda la familia, con destino a un campo de refugiados de Líbano. La niña le había explicado a frau Merkel que ella solo quiere ser alemana, como sus compañeros de clase, a lo que la primera dama de la austeridad ha respondido que hay mucha gente por ahí que quiere ser alemana pero que eso es imposible. Los cronistas de este penoso suceso destacan que la niña se expresó “en perfecto alemán”, y así debió ser porque su alta interlocutora le reconoció que había hecho un buen trabajo, se entiende que de expresión lingüística. Ya sé que el uso de metáforas y comparaciones del nazismo cuando se habla de asuntos actuales, y más si se refieren a las autoridades alemanas, es un síntoma de pésimo gusto y de flojera argumental, pero no he podido evitar sentirme asaltado por el recuerdo de una anécdota autobiográfica de Jorge Semprún. Este escritor y político pertenecía a la alta burguesía y durante su infancia tuvo una institutriz alemana. Al término de la Guerra Civil, la familia, que era republicana, hubo de exiliarse a Francia donde Semprún militó en la Resistencia hasta que fue apresado y conducido al campo de concentración de Buchenwald. Fue en este lugar donde recuerda el momento en el que un oficial nazi que se dirigió a él quedó perplejo ante el impecable alemán de su respuesta, tanto que por un momento el oficial pareció dudar de que hubiera razones para que Semprún no fuera uno de ellos. Claro que la disonancia cognitiva del jefecillo nazi duró un instante y de inmediato cada uno volvió a su lado de la alambrada. La comunidad lingüística es el primero y más fuerte lazo de la fraternidad humana, genera una empatía instantánea y es el umbral del reconocimiento mutuo. Sin duda, los alemanes aprecian que se les hable en su lengua, si bien no hasta el punto de que su interlocutor pueda creerse que es alemán si no lo es. Llegados a este punto, aparece el imperativo categórico: “obra de forma que el principio que guía tu acción se convierta en una ley universal”, y nada de sensiblerías, componendas y flaquezas, hasta que a la niña palestina le asaltaron las lágrimas.