Los lemas de campaña electoral de los partidos políticos son un desperdicio de creatividad. La elaboración está lejos de ser improvisada y es muy fatigosa porque consiste en acomodar unas pocas palabras a los universos lingüísticos de los que participan en la confección del eslogan: creativos, publicistas, supervisores, jefes, cuñados, etcétera.
Meditaciones con los pies en el arroyo
Es inimaginable un estado sin cloacas, como lo es una ciudad sin alcantarillado. Es cuando revientan y su pestilente contenido invade las calles a nuestros pies, discurre ante nuestros ojos y se prende de nuestras pituitarias cuando despierta la alarma social.
Pedir perdón es de idiotas
Se ha vuelto una rutina que los personajes públicos pidan perdón por algo que han dicho a plena conciencia dos minutos antes, al comprobar el rechazo provocado por la ocurrencia vertida en tuiter o en cualquier otro artefacto de los que canalizan el lenguaje repentizado y expletivo en el que navegamos.
La jornada de un escrutador
El escribidor ha recibido un volante certificado del ayuntamiento en el que se le invita/conmina a ser presidente de una mesa electoral el próximo día veintiocho del corriente. La papela municipal en las trémulas manos del vejete despierta al ‘abuelo cebolleta’.
Todo se desmorona
Las alusiones económicas en los mensajes electorales son reclamos para movilizar la esperanza (las pensiones se ajustarán al coste de la vida) o provocar el miedo (estamos en una recesión económica). Esperanza y miedo funcionan en planos distintos y entrelazados crean un paradigma ciclotímico, pero ni una ni otro sirven para apresar la realidad que nos envuelve.