Entre los varios cargos que tuvo Diego Velázquez en la corte de Felipe IV, además del bien conocido de pintor de cámara, se cuentan el de ujier del rey, ayuda de guardarropa, superintendente de obras y aposentador real, es decir, un decorador de interiores y organizador de ceremonias con amplias competencias. Las cortes barrocas eran muy teatrales y el artista no daba abasto para tanta tarea que le privaba de tiempo para cumplir con lo que era su vocación y destino. Las meninas puede verse como el backstage del taller del pintor. ¿Podemos imaginar a un artista moderno pintando en medio de una alborotada fauna de infantas consentidas, bufones chistosos, duques narcisos, criados respondones, clérigos censores y espadones ociosos? Velázquez lo consiguió, para nuestra suerte, pero, a la postre, este esfuerzo multiplicado quebró su salud y acabó con su vida. El malestar de Velázquez tenía otra vertiente: estaba empeñado en que se reconociera su obra como propia de quien trabaja con la cabeza y no como tarea servil de alguien dedicado a labores mecánicas más o menos finas, que era la consideración que recibía en sus varias funciones. La dignidad que emana de sus modelos en el lienzo, cualquiera que fuese su condición social, da noticia de este anhelo, que permanece vivo ante nuestros ojos.

Ahora vivimos tiempos de parodia. La distinción entre arte y artesanía aún estuvo operativa hasta, digamos,  hace un siglo, según la cual arte sería La rendición de Breda y artesanía, una falla valenciana. La deriva del arte en la era de la reproducción mecánica ha discurrido por trochas inimaginables que cada año por estas fechas confluyen en la laguna de Arco, la feria de banalidades más publicitada del calendario. La confusión entre pericia técnica e imaginación creadora ha llevado a tal extremo de tensión en los artefactos que perezosamente llamamos obras de arte que su destino deseable es la destrucción. La perpetró hace unos meses el llamado Banksy con uno de sus grafitos vendido a precio de potosí en cierta subasta de vitola y la proponen ahora los autores de un ninot que representa al sucesor de Felipe IV, al que pintó Velázquez y reposa en el museo de El Prado, para que sea quemado por su comprador; después, eso sí, de haber pagado doscientos mil eurazos por el figurón. Lo que identifica a las iniciativas de Banksy y el ninot de Arco es el dinero en cifras exorbitantes que media en la operación, convertido en criterio artístico y en inalcanzable precio para un vacuo acto de anarquía. ¿No sería más operativo pegar fuego directamente al dinero? Pero no nos engañemos, todas estas patochadas solo sirven para ganar unos minutos en el telediario y pour épater le bourgeois, que se decía antaño y le ha ocurrido a don Vargas en su nuevo papel de estrella del ¡Hola!