La cumbre vaticana sobre la pederastia curil terminó como de costumbre, con una liturgia de la que la memoria guardará el resplandor verde esmeralda de las casullas bajo las que se cobijaban los galápagos cardenalicios arrebañados ante al papa y el tono modorro de la homilía de este. El ritual ha seguido el manual del sacramento de la penitencia: examen de conciencia, confesión del pecado, dolor de corazón, propósito de la enmienda, penitencia de boquilla y hasta la próxima. La iglesia católica tiene una desahogada relación no ya con la culpa, que puede ser perdonada tantas veces como al culpable le plazca, sino con la mera responsabilidad por los actos cometidos, que es inexistente. Las víctimas de los abusos perpetrados por los clérigos, que han llevado a cabo una dolorosa batalla en demanda de justicia, han quedado defraudadas por el resultado del cónclave. ¿Qué esperaban? La iglesia ha convivido con el abuso, la corrupción y el crimen desde que el emperador Constantino decidió que le era más provechoso ponerla a su servicio que echar a sus fieles a los leones.
Hay dos argumentos que acreditan la desconfianza fundada de que la iglesia vaya a modificar su tolerante actitud ante los abusos sexuales perpetrados por sus funcionarios. El primero es que la iglesia se considera a sí misma una sociedad perfecta, de origen divino y en consecuencia inmune e independiente de la justicia humana, y, en caso de desórdenes domésticos, la prioridad es conservar la discreción y la integridad de la institución. En el seno de la iglesia no hay delitos sino pecados, y penitenciarlos o absolverlos es competencia de sus ministros, que operan en un sistema jerárquico, del papa para abajo. Es lo que se ha hecho hasta ahora y lo que se seguirá haciendo. Los curas de manos largas tendrán quizá más cuidado porque la publicidad ha empoderado a las víctimas potenciales, no por lo que puedan temer de la reacción de sus obispos y abades. El segundo argumento es que se trata de una organización parasitaria, que se nutre de la sumisión y la entrega de sus fieles, los cuales le otorgan la autoridad que tiene y la proveen de los recursos que necesita, entre los que no es menor la satisfacción del deseo de hombres dotados de todo el poder en su ámbito, aquejados de la más torturante enfermedad sexual imaginable: la castidad. En la sociedad rudamente patriarcal que impera tras los muros del templo, monjas, seminaristas, monaguillos y escolanos son víctimas potenciales de un mal del que por edad o condición no son conscientes pero que abrasa la existencia de sus maestros, confesores y guías espirituales. Ninguna de estas condiciones eclesiales en que se han producido los abusos va a ser reformada después del cónclave vaticano, así que es cuestión de tiempo que los abusos se reproduzcan de nuevo, si es que aceptamos que han cesado.
Y aún habría un tercer argumento, consecuencia de los anteriores, que niega la esperanza a que las cosas vayan a cambiar ni un ápice. El alvéolo moral en el que viven los clérigos de cualquier rango los hace inmunes a la compasión, excepto hacia sí mismos, y a la conciencia del daño que producen. Es inimaginable la cantidad de vilezas de las que habrán sido testigos, cómplices, componedores o autores los cardenales reunidos ante el papa bajo las nubecillas de sus solideos escarlata. Este ensimismamiento moral influye no solo en su comportamiento sino en su comprensión de la realidad, como lo prueba la salida de pata de banco proferida por mismo papa en plena cumbre: todo feminismo acaba siendo un machismo con falda. Pues bien, resulta que el tipo es infalible. No tienen remedio.